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La Industria de la Salud

COMPRENDIENDO LAS EDADES DE HIELO: Pormenores entre lo ANTROPOGÉNICO y los ciclos de MAUNDER.


Relativismos entre lo antropogénico (obra del hombre) y los ciclos naturales (el sol, las corrientes oceánicas y los ciclos glaciares) o sea, ya estamos en ello:

Qué Está Sucediendo con el Clima de Nuestro Planeta Tierra?

Lamento que este artículo tenga un cierto toque apocalíptico, pero las noticias que se van acumulando llevan a una predicción poco agradable. Los seres humanos, a través de los respectivos gobiernos, podríamos hacer algo para reducir algunas de las causas de los riesgos existentes.
Pero, desgraciadamente, no parece que sea este el camino elegido. La NASA acaba de publicar una serie de fotografías tomadas desde satélites en las que se muestran los espectaculares cambios acaecidos en las últimas décadas en diversaspartes del globo. Aunque algunos de estos cambios son producto de las poderosas fuerzas de la naturaleza, la mayoría de ellos son debidos a la acción directa o indirecta del hombre. Pero, evidentemente, hay otras posibles causas no imputables al hombre. Y todos estos cambios son una muestra evidente de la fragilidad de este planeta, el único en el que actualmente podemos vivir, por lo que deberíamos protegerlo de la mejor manera posible. La controversia sobre el calentamiento global es una discusión mediática, política y científica sobre la existencia, naturaleza, causas y consecuencias del calentamiento global antropogénico.
El término antropogénico se refiere a los efectos, procesos o materiales que son el resultado de actividades humanas a diferencia de los que tienen causas naturales sin influencia humana. Normalmente se usa para describir contaminaciones ambientales en forma de desechos químicos o biológicos como consecuencia de las actividades económicas, tales como la producción de dióxido de carbono por consumo de combustibles fósiles. Tras un análisis de los estudios sobre el clima, publicado en 2013, se cuantificó el grado de consenso científico alrededor de este proceso. Un 97% considera este fenómeno como de origen principalmente humano. “Nadie en este planeta se va a salvar de los impactos del cambio climático”, dijo Rajendra Pachauri cuando presentó recientemente el quinto informe mundial sobre el calentamiento global en Yokohama, Japón. El informe elaborado por el Panel Intergubernamental de Cambio Climático, que dirige Rajendra Pachauri, es el más completo que ha hecho la humanidad sobre este tema. Participaron 500 científicos de 70 países y fueron consultados más de 12.000 estudios. Por eso las conclusiones contenidas en sus 2.600 páginas han consternado al mundo. Según algunos de los calificativos dados por la prensa internacional se trata de un informe apocalíptico. Dicho informe sostiene una verdad que solo ahora es irrefutable. Como dijo el secretario de la Organización Mundial de Meteorología, Michel Jarraud, “ya no hay ninguna duda de que el clima está cambiando y que el 95 por ciento de este cambio se debe a las actividades humanas”. Esta conclusión, que parece obvia, es uno de los mayores aportes del estudio, pues hasta hace muy poco todavía se debatía si el calentamiento global existía y si la depredación de la naturaleza por parte del hombre era lo que lo provocaba.
Aquí relato un asombroso y extraño caso de predicción, hace más de 100 años, del actual calentamiento global. Después de su inicial recepción de señales enigmáticas de radio en 1899, el genial científico Nikola Tesla trabajó durante muchos años para perfeccionar el equipo receptor y transmisor que se necesitaba para recoger mejor y traducir posibles transmisiones extraterrestres. Al principio, las señales no eran otra cosa que sonidos rítmicos, casi como una transmisión de tipo clave de Morse. Alrededor de 1918, Tesla comenzó a recibir lo que consideraba eran transmisiones de voz, excepto que las voces que había estado registrando no eran humanas. Tesla escribió que “Los sonidos que estoy escuchando cada noche, en principio parecen voces humanas conversando en un lenguaje que no puedo entender. Encuentro difícil de imaginar que realmente estoy escuchando voces reales de gente que no es de este planeta. Debe haber alguna explicación más simple que hasta ahora no he encontrado”. En 1925, Tesla escribió que “Estoy escuchando cada vez más frases en estas transmisiones que son definitivamente en inglés, francés y alemán. Si no fuese por el hecho que las frecuencias que estoy registrando no son usadas por estaciones de radio terrestres, pensaría que estoy escuchando a gente en alguna parte del mundo hablando unos con otros. Este no puede ser el caso, ya que estas señales vienen de puntos en el espacio, más allá de la Tierra”. Nikola Tesla puede haber sido uno de los primeros en recibir extrañas señales de radio, que él pensó que eran de más allá de la Tierra, pero ciertamente no fue el último. Es ahora conocido en los diarios de Charles Fort que misteriosos mensajes aparentemente de origen extraterrestre han estado siendo recibidos repetidamente por aparatos electrónicos caseros. Asombrados testigos han reportado extrañas señales emanando de televisiones apagadas o radios, así como extrañas llamadas telefónicas llenas de sonidos electrónicos y voces susurrantes. Según los diarios personales de Tesla, extrañas transmisiones de voz escuchadas a través de su receptor especial de radio, discutían sobre el calentamiento del planeta. Tesla también tuvo la impresión de que las misteriosas voces estaban favorecieron este calentamiento y que pudieran realmente haber acelerado el proceso, mediante el desarrollo del motor de combustión interna. Tesla puede muy bien haber sido el primer humano en conocer lo que hoy en día conocemos como “Calentamiento Global” y “Efecto Invernadero”. Tesla, convencido de que las voces que estaba recibiendo eran de una fuente hostil extraterrestre, comenzó un plan para desarrollar un medio de energía que no usara la quema de madera o los combustibles fósiles. Una fuente de energía que fuera limpia e ilimitada y que prevendría de contaminantes hechos por el hombre, que llenaran la atmósfera y causaran la retención del calor del sol.
Nikola Tesla se volvió consciente, a comienzos del siglo XX, de que el planeta se estaba calentando, tanto que en las primeras décadas del siglo XXI consideraba que la Tierra sería casi inhabitable para la especie humana. La fuente de información de Tesla eran las extrañas voces que estaba registrando en su receptor de radio, especialmente adaptado. ¿Tal vez voces procedentes del futuro? Estas misteriosas transmisiones de voz fueron el resultado de la investigación de Tesla sobre las extrañas señales de radio que el recogió durante sus experimentos en Colorado Springs durante 1899. Para entonces Tesla había mejorado su equipo receptor para permitirle recoger transmisiones de voz. Sin embargo, estas voces estaban siendo escuchadas en frecuencias que se suponía no estaban habilitadas para esta clase de transmisiones. Pero, sin embargo, allí estaban. Tesla escribió que estas voces eran de hombres de otros mundos. Y añadía, sorprendentemente, que pertenecían a hombres que habían vivido en la Tierra alguna vez en su prehistórico pasado, que habían desarrollado la tecnología para colonizar el espacio próximo y que estaban todavía interesados en los habitantes del planeta Tierra que habían dejado atrás. Según un informe, teóricamente secreto, del Pentágono, en Estados Unidos, el proceso de cambio climático puede implicar la destrucción de la vida en el planeta. Este informe señala que dicho cambio climático será la causa de graves desordenes y de una más que probable guerra nuclear. Este informe adelanta que muchos de los conflictos que habrá en el planeta en las próximas décadas vendrán por motivos de supervivencia más que por motivos políticos o religiosos. Este informe se basa en un análisis de la situación actual y de las consecuencias a que supuestamente llevará el proceso del cambio climático. Este mismo informe señala la década del 2010 al 2020 como la peor para Europa, ya que el descenso de las temperaturas provocara en zonas como Gran Bretaña un clima parecido al actual de Siberia. Pero también Estados Unidos puede verse afectado. La escasez de agua generara grandes conflictos en Asia y África y Oceanía. El hambre también acarreara graves conflictos y disturbios y también significara el cierre de fronteras de Occidente para evitar la llegada de millones de refugiados. Además, el número de países que pueden tener acceso a las armas atómicas aumentan continuamente, con países como Japón, Corea del Sur, Corea del Norte, Irán, Egipto, India, China, Pakistán, etc… Por ello, las posibilidades de un conflicto nuclear, que parecía olvidado con el final de la guerra fría, volvería a cobrar importancia.
Con respecto a la previsión del importante descenso de temperaturas en Europa, hacemos referencia a diversos estudios sobre glaciaciones. La Pequeña Edad de Hielo fue un período frío que abarcó desde comienzos del siglo XIV hasta mediados del XIX. Puso fin a una era extraordinariamente calurosa llamada Óptimo climático medieval. Hubo tres máximos: sobre 1650, alrededor de 1770 y hacia 1850. Durante el periodo 1645-1715, en mitad de la Pequeña Edad de Hielo, la actividad solar reflejada en las manchas solares era sumamente baja. Este periodo es conocido como el Mínimo de Maunder. El eslabón preciso entre la baja actividad de las manchas solares y las frías temperaturas no se han establecido, pero la coincidencia del Mínimo de Maunder con el periodo más profundo de la Pequeña Edad de Hielo sugiere que hay una conexión. Otros indicadores de la baja actividad solar durante este período son los niveles de carbono-14 y berilio-10. A lo largo de la Pequeña Edad de Hielo el mundo experimentó también una actividad volcánica elevada, lo que aumentó las emisiones de azufre en forma de gas SO2. Cuando este gas alcanza la estratosfera se convierte en partículas de ácido sulfúrico que reflejan los rayos del sol reduciendo la cantidad de radiación que alcanza la superficie de la tierra (efecto albedo). En 1815 la erupción de Tambora, en Indonesia, cubrió la atmósfera de cenizas; el año siguiente, 1816, fue conocido como el año sin verano, cuando hubo hielo y nieves en junio y julio en Nueva Inglaterra y el Norte de Europa. Otra posible causa de la Pequeña Edad del Hielo pudo ser la detención de la circulación termohalina (también conocida como «cinta transportadora oceánica»). La Corriente del Golfo pudo dejar de ser operativa debido a la introducción de una gran cantidad de agua fría en el Atlántico Norte debido a la existencia de temperaturas relativamente altas del Óptimo climático medieval. A partir de 1850, el clima comenzó a cambiar hacia temperaturas más cálidas. Algunos escépticos sobre elcalentamiento global arguyen que los cambios actuales se deben a la recuperación climática de este último evento glacial, y que, por ello, la actividad humana no es causante de este cambio, aunque esta idea dista de ser comúnmente aceptada. La mayor parte de la comunidad científica apoya la idea de que el cambio climático reciente está desencadenado, en mayor o menor medida, por el incremento en las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera debido a las actividades humanas.
Los oceanógrafos prevén serios problemas con la Corriente del Golfo, que es la que proporciona calor tanto a Norteamérica como a Europa. Con todo el alboroto que rodea a la nueva película de catástrofe ambiental “El día después de Mañana” (The Day After Tomorrow), así como un frenesí de los medios intentando averiguar si los acontecimientos retratados en la película podrían suceder realmente, hacemos referencia a un informe realizado por Brad Lemley, que comunicaba las preocupaciones de un número de científicos del Instituto Woods Hole, en Massachussetts, acerca de que realmente podríamos estar enfrentándonos a una nueva edad de hielo en el este de los EE.UU. y en Europa, producida por el calentamiento global. Sin embargo, esos científicos caracterizaron a esa edad de hielo como un “mini” evento, que podría durar entre 300 a 400 años. Asimismo, lo consideran como similar a uno que la humanidad ya sufrió y que finalizó hacia 1850 (La Pequeña Edad de Hielo). ¿Podría esto suceder en el corto plazo?. La respuesta categórica es: Sí. ¿Será el acontecimiento devastador que se retrata en la película?. Ello es sumamente improbable, pero no imposible. William Cury es un científico del clima que ha pasado mucho tiempo examinando con detenimiento la famosa pintura de Emanuel Gottlieb Leutze “George Washington Cruzando el Delaware”, que muestra un grupo de soldados coloniales norteamericanos en un bote, en su camino para atacar las tropas inglesas el día siguiente a la Navidad de 1776. “La mayor parte de las personas piensa que algunos de ellos están remando, pero en realidad están alejando el hielo”, dice Curry. De seguro, el remero del frente está aporreando el río helado con su bota. “Crecí en Filadelfia. El lugar mostrado en la pintura está a 30 minutos por automóvil. Se los puedo asegurar, este tipo de cosas ya no sucede más”. Pero podría volver a suceder pronto. Y las escenas llenas de hielo, similares a esas inmortalizadas por el artista flamenco del siglo XVI, Pieter Brueghel el Viejo, pueden también regresar a Europa. Sus trabajos, que incluyen a la pieza maestra de 1565 “Cazadores en la Nieve”, hacen que los ahora templados paisajes europeos puedan llegar a parecerse a los paisajes de Laponia. Unas condiciones tan frígidas fueron comunes durante un período que se extendió aproximadamente de 1300 hasta 1850, porque buena parte de América del Norte y de Europa sufría las durezas de una pequeña edad de hielo. Y ahora hay una creciente evidencia de que el frío podría regresar. Un número cada vez mayor de científicos, que incluye a muchos pertenecientes a la base de operaciones de Curry, el Instituto Oceanográfico Woods Hole de Cabo Cod, Massachussetts, cree que las condiciones están maduras para otro enfriamiento prolongado, o sea una nueva pequeña edad de hielo.
Mientras que nadie está previendo las brutales capas de hielo que alguna vez cubrieron con glaciares al hemisferio norte hasta hace unos 12.000 años, curiosamente coincidiendo con el posible hundimiento de la Atlántida, el próximo período frío podría hacer descender las temperaturas 3ºC en la mayor parte de los EE.UU., y unos 6ºC en el noreste de América del Norte, en el norte de Europa y en el norte de Asia. “Podría suceder en 10 años”, dice Terrence Joyce, quien preside el Departamento de Oceanografía Física de Woods Hole. “Una vez que comience, podría durar cientos de años antes de comenzar a revertirse”. Y está alarmado porque los estadounidenses todavía no han tomado seriamente la amenaza. En una carta al Times de Nueva York, escribió: “Recuerden los más fríos inviernos del Noreste, como aquellos de 1936 y de 1978, y luego imaginen inviernos sucesivos que sean aún más fríos, y entonces tendrán una idea de cómo sería esto”. Una caída de 3 a 6 grados significa mucho más que simplemente mover hacia arriba el termostato y continuar como de costumbre. Tanto económica como ecológicamente, un enfriamiento tan rápido y persistente podría tener consecuencias devastadoras. Un reporte de 2002 titulado “Cambio Climático Abrupto: Sorpresas Inevitables”, generado por la Academia Nacional de Ciencias, calculó solamente el coste de las pérdidas agrícolas entre 100.000 a 250.000 millones de dólares, a la vez que también predicen que el daño ecológico sería vasto e incalculable. Como ejemplos podemos indicar bosques que desaparecen, aumento en los costes en los hogares, disminución de agua dulce, menor producción de cultivos, y extinciones aceleradas de especies. La razón para unos efectos tan enormes es simple. Un cambio climático rápido causa más descalabro que uno lento. La gente, los animales, las plantas, y las economías que dependen de ellos son como ríos, dice el reporte. “Por ejemplo, los altos niveles del agua pueden abrir brechas y producir inundaciones masivas. Muchos procesos biológicos sufren cambios profundos en umbrales particulares de temperatura y precipitación”. Los cambios políticos ocurridos desde la última edad de hielo podrían hacer que la supervivencia fuera más difícil para los pobres del mundo. Durante los períodos anteriores de frío, tribus enteras simplemente levantaban sus campamentos y se mudaban al sur, pero esa opción no funciona más en el mundo moderno de fronteras cerradas. “En la medida en que un cambio abrupto de clima pueda causar cambios rápidos y extensos en la fortuna de aquellos que viven de la tierra, la incapacidad para migrar puede eliminar una de las mayores redes de seguridad para la gente con problemas”, dice el reporte.
Curiosamente, nuestros antepasados habían hallado una teoría sobre los campos magnéticos del Sol. En su libro “Las profecías mayas”, Maurice Cotterell describe esta teoría y presenta los cálculos mayas de las reversiones en el campo magnético del Sol, estableciendo que al cabo de miles de años se produce una gran y catastrófica reversión. Cuando eso sucede, enormes llamas solares escapan del Sol y caen sobre los polos de la Tierra. El campo magnético de la Tierra se revierte y por lo tanto nuestro planeta empieza a girar en sentido contrario, convirtiéndose el polo norte en el sur y viceversa. Lo ha leído correctamente, ¡La Tierra comenzará a girar en sentido contrario y los polos se revertirán! Es evidente que un desastre mundial de estas proporciones sería catastrófico y afectaría a toda la población de la Tierra. Europa volvería a una nueva era glacial y se tornaría prácticamente inhabitable, pues la corriente del Golfohabría desaparecido. América del Norte desaparecería bajo kilómetros de hielo en el nuevo Polo Sur, tal como ocurrió con la Atlántida, que creemos era la actual Antártida. El profesor Charles Hapgood, en su libro “La senda del Polo Sur”, escribe: “He hallado evidencia de tres posiciones diferentes del Polo Norte, recientemente. Durante la última glaciación de América del Norte, el polo parece haber estado ubicado en la bahía de Hudson, aproximadamente a 60° de latitud Norte y a 83° de longitud Oeste. Parece ser que se corrió a su sitio actual en medio del Océano Ártico, hace unos 12.000 años. Los métodos para obtener datos sobre la radiación, también nos sugieren que el polo llegó a la bahía de Hudson hace unos 50.000 años; antes de esa fecha, se encontraba ubicado en el Mar de Groenlandia, aproximadamente a 73° de latitud Norte ya 10° de longitud Este. Treinta mil años antes, es probable que el polo haya estado en el distrito del Yukón en Canadá. Si el Polo Norte cambia, el Polo Sur cambia también”. Y añade lo siguiente: “Una poderosa confirmación de otro de los corolarios de un polo emplazado en la bahía de Hudson, proviene de la Antártida. Con un Polo Norte a 60° de latitud Norte y 83° de longitud Oeste, el Polo Sur correspondiente habría estado ubicado a 60° Sur y 97° Este en el océano que baña las costas de Mac-Robertson en la tierra de la Reina Maud, en la Antártida. Esto colocaría al Polo Sur unas siete veces más lejos del casquete del Mar de Ross en la Antártida, de lo que está ahora. Cabe esperar, entonces, que el Mar de Ross no se haya helado en esa época”. Si a la precesión equinoccial, que implica un desplazamiento de la corteza terrestre, le añadimos las reversiones magnéticas, habremos hallado el culpable de las catástrofes cíclicas. Estas elevan islas y montañas hacia el cielo, provocando extinciones a una escala gigantesca. Y también es innegable que existe un vínculo entre las eras glaciales y las reversiones magnéticas.
El hielo ha desempeñado un papel fundamental en casi todas las extinciones de la historia de este planeta. Steven M. Stanley, de la Universidad John Hopkins, afirma que el enfriamiento climático fue el causante de la gran extinción cámbrica, como lo fue en el periodo pérmico, en el devónico, etc. Todavía la mayoría de la gente se asombra ante la sugerencia de que grandes bloques de hielo con un espesor de unos 1,6 km, alguna vez se depositaron sobre las templadas tierras de América del Norte y Europa. Cada vez se han hallaron más evidencias de eras glaciales en todos los continentes, incluso en los tropicales. Se descubrió que los bloques de hielo alguna vez cubrieron vastas áreas de la India tropical y del África ecuatorial. Coleman, una de las mayores autoridades sobre eras glaciales, escribió, en su libro “Eras glaciales recientes y antiguas”, que: “También se descubrió que estas láminas de hielo se distribuyeron aparentemente de una manera caprichosa. Siberia, ahora una de las partes más frías del mundo, no estaba cubierta, tampoco lo estaban la mayor parte de Alaska ni el territorio del Yukón en Canadá, si bien el norte de Europa, con su clima relativamente cálido, se encontraba bajo el hielo a la altura de Londres y Berlín. La mayor parte de Canadá y Estados Unidos estaba cubierta de hielo hasta la altura de Cincinnati y el valle del río Mississippi”. El profesor J. K.Charlesworth, de la Universidad de Queen, en Belfast, expresa su opinión: “La causa de todos estos cambios, uno de los mayores acertijos en la historia geológica, aún no ha sido develada, a pesar del esfuerzo realizado por generaciones de astrónomos, biólogos, geólogos, meteorólogos y físicos”. Arthur Coleman, quien realizó un gran trabajo de campo en África y la India, estudiando las evidencias de las eras glaciales, narra de manera interesante sus experiencias, al hallar signos de un intenso frío, en áreas donde debía ahora domina el abrasante calor del sol tropical: “Una calurosa tarde de comienzos del invierno, a dos grados y medio dentro de la tórrida zona en medio de un entorno tropical, era muy difícil imaginar esta región cubierta, durante miles de años, con miles de pies de hielo. El contraste del presente con el pasado era sorprendente y resultaba fácil ver por qué algunos de los primeros geólogos lucharon tanto tiempo contra la idea de la glaciación en la India a fines del período carbonífero. Después de algunas horas de trepar y martillar bajo el intenso sol africano, a 27° 5 minutos de latitud, sin una gota de agua, juntando piedras estriadas, y una losa de piso pulido de pizarra, me ofrecieron un contraste sumamente impresionante entre el presente y el pasado, pues aunque en el 27 de agosto aún está por comenzar la primavera, el calor es muy igual al que se encuentra en un soleado día de agosto en América del Norte. La luminosidad agobiante y la transpiración hicieron que la idea de pensar en una lámina de hielo de algunos miles de pies de grosor, en ese punto, fuera algo sumamente increíble pero muy atractivo”.
Sabemos que las eras glaciales y los desplazamientos de los polos suceden con relativa frecuencia. Y volverá a ocurrir. En la obra “When the Sky Fell”, de Flem Ath, estaba claramente escrito que, luego del desastre de la Atlántida, se inició la agricultura en diversos lugares del mundo, con los mismos tipos de cultivos y técnicas. Se supone que debían provenir de una civilización común. Albert Slosman, en su libro “El gran cataclismo”, expone algunas interesantes ideas al respecto. En el cataclismo que destruyó la Atlántida, el día de la destrucción, así como la magnitud de la catástrofe, fueron predichos basándose en datos previos. Puede deducirse que el zodiaco se movió de Cáncer a Leo y luego, misteriosamente, se detuvo súbitamente. El campo magnético de la Tierra cambió, el núcleo interno se movió en sentido contrario y el zodíaco, por el que se movía, también cambió de sentido. Y este es el movimiento que aún seguimos en la actualidad. Este gran cataclismo se calcula que se produjo el 27 de julio de 9.792 a.C., cuando se estaba en la Era de Leo y la Tierra se volteó en su eje. Y para confirmarlo, Heródoto escribió: “El Sol se cayó en el mar. Esto es así porque la Tierra empezó a girar en el sentido inverso, tal como sigue haciéndolo en nuestros días”. Sin embargo, la ciencia del clima es muy compleja, y la llegada de una nueva pequeña edad de hielo no es segura, por lo menos en esta etapa de la investigación. Los científicos de todo el mundo están sopesando el potencial de un rápido enfriamiento del Atlántico Norte, pero quizás nadie en los EE.UU. tiene dirigido equipo, energía y poder mental hacia el problema. Los oceanógrafos subsisten principalmente con becas gubernamentales y no dependen de ninguna corporación, haciendo que la instalación sea “independiente como ninguna otra”, dice David Gallo, director de proyectos especiales. En consecuencia, debería ser igual de probable que lograra llegar a la verdad que cualquier otra universidad o lugar de investigación. La tarea es enorme. En los muelles, donde la institución guarda sus tres barcos de investigación, las gaviotas se lanzan en picada sobre una colección de marcos metálicos masivos; son recolectores de muestras que, al hacerlos bajar a los costados del barco, pueden extraer largas columnas de sedimentos en capas del lodo submarino. En un taller cercano, los técnicos manipulan conjuntos de muestrarios de agua, múltiples e independientes, que con sus 1,20 metros de largo y 0,20 metros de diámetros parecen tanques de buceo gigantes. En el mar, los investigadores sumergen sus instrumentos en el Atlántico Norte, con la esperanza de conseguir una imagen más clara de las posibilidades de una pequeña edad de hielo. Un sentido de urgencia impulsa sus esfuerzos. “Tenemos que hacer que sea una prioridad nacional”, dice Joyce. “Es un hueso duro de roer, pero con los datos suficientes, creo que podremos ser más específicos y más confiables en las predicciones que hagamos sobre lo que vendrán”. Los hacedores de políticas, armados con una predicción específica, podrían realizar los ajustes preparatorios de lo inevitable.
Pero, ¿realmente se está calentando la Tierra? “Por supuesto que sí”, dice Joyce. En su atestada oficina, llena de la suave luz de una mañana neblinosa del Cabo Cod, explica cómo ese calentamiento podría ser realmente el sorprendente responsable de la próxima mini-edad de hielo. La paradoja es el resultado de la aparición, a lo largo de los últimos 30 años, de enormes ríos de agua dulce, el equivalente a una capa de tres metros de espesor, que se mezclan con el mar salado. Nadie sabe con certeza de dónde vienen los torrentes dulces, pero un sospechoso principal es el fundente hielo ártico, que a su vez es causado por la acumulación de bióxido de carbono en la atmósfera, que atrapa la energía solar. Esta tendencia del agua dulce es una importantísima noticia en los círculos de la ciencia oceánica. Bob Dickson, un oceanógrafo británico que hizo sonar la alarma en una conferencia en Honolulu, ha declarado que la caída de la salinidad y de la temperatura en el Mar del Labrador, un cuerpo de agua que se encuentra entre el noreste de Canadá y Groenlandia, y que se une al Atlántico, como “el que probablemente muestre los más profundos cambios observados en los registros del moderno instrumental oceanográfico”. La tendencia podría causar una pequeña edad de hielo al subvertir la penetración boreal de las aguas de la Corriente del Golfo. Normalmente, esta corriente, cargada con el calor recogido en los trópicos, recorre sinuosamente las costas orientales de los EE.UU. y del Canadá. Mientras fluye en dirección al norte, la corriente entrega calor al aire. Como los vientos principales de América del Norte soplan hacia el este, mucho de este calor es desplazado por el aire hacia Europa. Por esto, muchos científicos creen que las temperaturas invernales en el continente europeo son hasta 18ºC más cálidas que las de América del Norte en la misma latitud. La frígida Boston, por ejemplo, se encuentra casi precisamente en la misma latitud que la cálida Roma. Y algunos científicos dicen que el calor también afectará a los estadounidenses y a los canadienses. “Es un verdadero error pensar en esto como un fenómeno europeo únicamente”, dice Joyce. Habiendo entregado su calor al aire, el agua ahora fría se hace más densa y se hunde en el Atlántico del Norte por más de un kilómetro y medio, en un proceso al que los oceanógrafos llaman circulación termohalina. Esta columna masiva de frío, que cae en una cascada, es el motor principal que potencia una corriente de agua profunda llamada Gran Convector Oceánico, que recorre todos los océanos del mundo. Pero a medida que el Atlántico del Norte se llena de agua dulce, se hace menos denso, haciendo que las aguas llevadas hacia el norte por la Corriente del Golfo sean menos capaces de hundirse.
La nueva masa de agua relativamente dulce se queda en la superficie del océano como una gran manta térmica, amenazando la circulación termohalina. Eso, a su vez, podría hacer que laCorriente del Golfo se enlenteciera o que virara hacia el sur. En algún punto, todo el sistema se detendría simplemente, y lo haría rápidamente. “Existe evidencia creciente de que nos estamos acercando a un punto de transición, del cual saltaremos a un nuevo estado. Pequeños cambios, tales como un par de años de fuertes precipitaciones o un deshielo en latitudes altas, podrían generar una respuesta enorme”, dice Joyce. En su soleada oficina al fondo del pasillo, la oceanógrafa Ruth Curry muestra cuán extensos han sido los cambios ya ocurridos. “Mire esto”, dice, apuntando a unos mapas sobre su mesa. “El naranja y el amarillo significan más cálido y más salado. Verde y azul significan más frío y más dulce”. El conjunto de cuatro mapas muestra al Atlántico Norte durante cada década desde 1960. Con cada mapa subsecuente, el verde y el azul se extienden más; aún para el ojo no entrenado, allí hay algo que está mal. “No sucede solamente en el Mar del Labrador”, dice. “Esta área que se está volviendo más fría y menos salada está invadiendo ahora las aguas profundas de todo el Atlántico sub-tropical”. “Tenemos toda esta enorme cantidad de agua dulce en las latitudes altas, y tomará literalmente cientos de años para deshacerse de ella”, dice Joyce. Asimismo, parece evidente que el clima sobre la Tierra está relacionado con la cantidad de manchas solares. Uno de los ejemplos más notables es el periodo que va desde el año 1.650 al 1.710, cuando virtualmente no hubo manchas solares visibles. Los astrónomos denominan a este periodo el “mínimo incoherente”. En ese mismo periodo hizo más frió que lo normal en nuestra región. Los meteorólogos también lo llaman la Pequeña Era Glacial. Las manchas solares son asombrosas. Forman áreas relativamente frías en la superficie y sólo parecen oscuras porque el resto de la superficie solar es más tórrido y brillante que las manchas. Dentro de una de ellas, la temperatura es apenas menor a los 4.000 grados, lo suficientemente fría para hacer la mancha aparentemente más oscura, debido al contraste con el entorno. La disminución de la temperatura está causada por su fuerte campo magnético, el cual aparentemente es 10.000 veces más fuerte que el campo magnético de los polos de la Tierra. Este magnetismo detiene el movimiento ascendente que, en otras partes del Sol, transporta energía a la superficie. Como resultado, una cantidad menor de energía alcanza la superficie donde se encuentra la mancha.
De modo que, mientras el planeta, como tal, se va calentando a razón de una fracción de un grado centígrado anualmente, la región del Atlántico Norte podría, en una década, enfriarse unos cinco grados centígrados. Lo que preocupa de los investigadores de Woods Hole es que la historia parecería decantarse hacía un rápido corte. Además, saben que ha sucedido antes. Al noroeste del campus Quissett de Woods Hole, en un oscuro laboratorio que huele a marea baja, descansan, sobre unos estantes de alambre, unos 24.000 tubos de policarbonato llenos de un lodo verduzco, cuidadosamente catalogados. Son muestras recogidas de los lechos marinos, muchas de ellas obtenidas durante las expediciones del Knorr, uno de los tres más grandes barcos de investigación de Woods Hole. Cada muestra cuenta una historia sobre el tiempo y la temperatura que abarca miles de años. Pero una de ellos en particular, que se guarda cuidadosamente refrigerado a 4ºC, resultó crucial para llegar a la conclusión que las nuevas pequeñas edades de hielo pueden comenzar abruptamente. El barco canadiense CSS Hudson recogió la muestra en 1989 en una meseta submarina llamada Elevación Bermuda, al norte del Mar de los Sargazos, aproximadamente a unos 350 kilómetros de Bermuda. “Es un lugar peculiar del lecho marino donde el lodo se acumula rápidamente”, dice Lloyd Keigwin, un científico principal del Departamento de Geología y Geofísica de Woods Hole. La mayor parte del sedimento fue arrastrado por los ríos canadienses antes de aposentarse, de modo que lleva consigo las variaciones del clima en el Atlántico Norte. Los sedimentos marinos están salpicados de diminutos invertebrados llamados foraminíferos, a los cuales Keigwin describe como “amebas con caparazón”, y que pueden proporcionar claves sobre la temperatura del océano en que vivieron. La arcilla y el lodo de la región de Nueva Escocia hacen que las pequeñas criaturas se acumulen en capas claramente distinguibles, lo que significa un tesoro de información. Keigwin sometió a los foraminíferos de diferentes capas de este núcleo al análisis por espectroscopia de masa. Al medir las proporciones de los isótopos de oxígeno, especialmente los del oxígeno 16, 17 y 18, pudo determinar la temperatura en la que los diminutos animales formaron sus caparazones de carbonato, con una precisión de menos de 0,5º C. Ello complementa la datación por carbono para fijar la edad de cada capa de sedimento. Keigwin había esperado encontrar evidencia de los cambios climáticos durante los últimos miles de años. Pero en el caso de la muestra del CSS Hudson, que fue obtenida con un taladro mucho más preciso que cualquiera de los que los oceanógrafos habían utilizado anteriormente, descubrió gran cantidad de datos sobre abruptos cambios de temperatura durante los últimos mil años, incluyendo a una pequeña edad de hielo que en promedio era unos 2ºC aproximadamente más fría que la presente.
“Y como el Mar de los Sargazos tiene una mezcla bastante buena, el enfriamiento tiene que haber estado largamente extendido”, dice Keigwin. Lo que resulta más inquietante es que “encontré evidencia de que los ciclos climáticos continúan hasta el día de hoy”. Claramente, la pequeña edad de hielo de 1350 a 1800 no fue disparada por los humanos lanzando a la atmósfera gases de invernadero. Pero es posible que los ciclos climáticos que licuaron el hielo ártico puedan haber causado la detención súbita de la circulación termohalina. “Estamos casi seguros de que ésta fue la causa de la pequeña edad de hielo”, dice Ruth Curry, “aunque necesitaríamos una máquina del tiempo para asegurarnos totalmente”. “Comprendí que esto sería como una bomba, pero arriesgué mi cuello”, dice Keigwin, quien publicó inicialmente sus descubrimientos en 1996. Desde entonces, algunas localizaciones similares de alto sedimento han impulsado sus primeras conclusiones: “Según están las cosas ahora, hay probablemente por lo menos 10 lugares en el Atlántico Norte que pueden ofrecer una muy buena evidencia el enfriamiento de una mini-edad de hielo”. Un acontecimiento más reciente es quizás una evidencia mejor de que el clima puede enfriarse rápidamente a causa de la detención de lacirculación termohalina. A fines de la década de 1960, una enorme burbuja de agua dulce apareció frente a la costa este de Groenlandia, probablemente como resultado de una gran descarga de hielo en el Atlántico Norte en 1967. Conocida como la Gran Anomalía Salina, derivó hacia el sur, y se ubicó en el Atlántico Norte en la década de 1970. Allí, interfirió lacirculación termohalina al obstaculizar rápidamente la formación de agua profunda en el Mar del Labrador. Continuó derivando alrededor del Atlántico Norte en una dirección anti-horaria, re-entrando al Mar de Noruega a fines de la década de 1970, y desvaneciéndose poco después. “Creo que apagó el sistema por apenas unos pocos años. El resultado fueron inviernos fríos, particularmente en Europa”, dice Ruth Curry. Afortunadamente, esa masa de agua menos salada era lo suficientemente pequeña como para dispersarse en poco tiempo. La que se está acumulando allí ahora, sin embargo, “es simplemente demasiado grande”, dice Joyce. La ciencia del clima es extraordinariamente compleja porque depende de la recolección e interpretación de millones de datos puntuales. Si el Servicio Meteorológico Nacional tiene problemas para predecir el tiempo de mañana, ¿cómo puede nadie predecir un cambio climático global con algunos años de anticipación?. Una respuesta sería tener aún más datos. A la fecha, existen unos 450 sensores flotantes a lo largo y ancho del Atlántico monitoreando los cambios de temperatura y salinidad, pero no es suficiente, dice Ruth Curry. “El modelo no tiene todavía una resolución suficiente como para comprender toda la física. La predicción es muy difícil”.
O quizás sea que los investigadores de Woods Hole estén confiando en un modelo con fallas. Ésa es la opinión de Richard Seager, un científico climatológico del Observatorio de la Tierra Lamont-Doherty de la Universidad de Columbia. En un artículo titulado “¿Es la Corriente del Golfo Responsable por los Suaves Inviernos Europeos?”, publicado en la Revista Trimestral de la Sociedad Meteorológica Real, arroja dudas sobre la noción de que el calor transportado por la Corriente del Golfo tenga un impacto significativo en cualquiera de los dos continentes. Europa podría ser más cálida, dice, “aún si el Atlántico fuera apenas un gran océano estancado”, ya que los vientos occidentales prevalecientes soplarían todavía el calor guardado en el verano por el Atlántico, hacia Europa en el invierno. El calor transportado por la Corriente del Golfo, dice, responde solamente por un 10% del calor de Inglaterra en relación a los EE.UU. En la visión de Seager, un prolongado calentamiento invernal es más probable que una pequeña edad de hielo. “El gorila de 500 kg. del este de Norteamérica y de Europa es la Oscilación del Atlántico del Norte”, dice. Esta última es una variación compleja y poco entendida en la fuerza de las células de presión de aire sobre Islandia y las Azores. Cuando la presión sobre Islandia es alta, la de las Azores tiende a ser baja, y viceversa. Durante el invierno, un mínimo más bajo que el mínimo común sobre Islandia y un máximo más alto que el común sobre las Azores fuerza aire frío hacia el Canadá oriental y aire húmedo y cálido hacia el noroeste de Europa y hacia el este de losEE.UU. Esto fue precisamente lo que sucedió desde 1960 hasta fines de la década de 1990, dice Seager, que dio lugar a los inviernos suaves en las regiones altamente pobladas a ambos lados del Atlántico. “Si esta fase continúa, como algunos modelos predicen que ocurrirá como resultado del aumento de los gases de invernadero, esto podría hacer que los cambios en el clima invernal persistan durante los próximos años”, dice. El punto de vista de Seager es minoritario. En otros modelos, y en la ciencia del clima se está dando últimamente una batalla de diferentes modelos computacionales, la Corriente del Golfo es la principal fuente de calor para las tierras que bordean el Atlántico Norte.
Según Ruth Curry, la ciencia que mantienen es más que suficiente como para asegurar un pensamiento hacia el futuro. “No podemos saber el punto en el cual el apagón termohalino podría comenzar realmente”, dice. “Pero deberíamos tener un plan para esa contingencia”. Si llegara una pequeña edad de hielo, su impacto se mediría en sufrimiento humano, y no en terminología científica. El libro “La Pequeña Edad de Hielo”, del profesor de antropología Brian Fagan, de la Universidad de California, en Santa Bárbara, está repleto de historias tristes que muestran la grave situación de los campesinos europeos durante los fríos de 1300 a 1850: hambrunas, hipotermia, disturbios por el pan, y el surgimiento de líderes despóticos que brutalizaban a un campesinado crecientemente descorazonado. A fines del siglo XVII, escribe Fagan, la agricultura había caído tan dramáticamente que “los villanos alpinos vivían del pan hecho con cáscaras de nuez molidas mezcladas con harina de centeno y avena”. Finlandia perdió quizás un tercio de su población a causa del hambre y de la enfermedad. La vida fue particularmente difícil para aquellos que vivían bajo la constante amenaza del avance de los glaciares en los Alpes franceses. De uno de ellos, el glaciar Des Bois en las laderas del Mont Blanc, se decía que se había adelantado “más de un tiro de mosquete al día, aún en el mes de agosto”. Cuando el Des Bois amenazó con represar al río Arve en 1644, los residentes del pueblo de Chamonix rogaron al obispo de Ginebra que pidiera ayuda a dios. A principios de junio, el obispo, junto a unos 300 habitantes que se habían reunido a su alrededor, bendijo al amenazante glaciar y a otro cerca de la Villa de Largentire. Por un tiempo, pareció que la salvación estaba al alcance de la mano. Los glaciares retrocedieron durante unos 20 años, hasta 1663. Pero habían dejado tan áridas a las tierras que no crecían los nuevos cultivos.
El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático o Panel Intergubernamental del Cambio Climático, conocido por el acrónimo en inglés IPCC (Intergovernmental Panel on Climate Change), es una organización internacional, constituido a petición de los gobiernos miembros. Fue establecido por primera vez en 1988 por dos organizaciones de Naciones Unidas, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), y posteriormente ratificada por la Asamblea General de las Naciones Unidas. Su misión es proveer con evaluaciones científicas comprensivas sobre la información científica, técnica y socioeconómica actual sobre el riesgo de cambio climático provocado por la actividad humana, sus potenciales consecuencias medioambientales y socioeconómicas, y las posibles opciones para adaptarse a esas consecuencias o mitigar sus efectos. Está presidido por Rajendra K. Pachauri. Miles de científicos y expertos contribuyen escribiendo y revisando informes, que son a su vez revisados por representantes de todos los gobiernos, siendo un “Resumen para Políticos“, desarrollado a partir de estos informes, sujeto a una aprobación línea a línea por todos los gobiernos participantes. La principal actividad del IPCC es publicar informes especiales sobre asuntos relevantes a la implementación de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, un tratado internacional que reconoce la posibilidad de cambio climático dañino. Su implementación llevó en un momento dado a la aprobación del Protocolo de Kyoto. En un contexto de constante oposición de los intereses ligados a los combustibles fósiles, los gobiernos han implementado esos consejos con lentitud. El Premio Nobel de la Paz de 2007 fue compartido, a partes iguales, entre el IPCC y el ex candidato presidencial Al Gore. Los objetivos que persigue el IPCC son evaluar la información científica relevante a: el cambio climático inducido por el hombre; el impacto del cambio climático inducido por el hombre; opciones de adaptación y mitigación.
Según el quinto informe mundial sobre el calentamiento global, como el clima pareciera estar enloqueciendo, los escépticos sobre el calentamiento global son cada vez menos. Colombia padece en la actualidad sequías e incendios que han conmovido al país, pero el mundo no está mejor. El tifón Haiyan arrasó kilómetros en Filipinas y produjo la muerte de cerca de 10.000 personas. En Oklahoma se presentó el peor tornado que se ha visto en Estados Unidos, en Siria, Jordania e Israel nevó como nunca antes, Europa sufrió enormes inundaciones y Australia acaba de registrar el año más caluroso de su historia. El informe sostiene que trece de los catorce años más cálidos se han producido en el siglo XXI y agrega que casi todos esos fenómenos climáticos eran predecibles. El estudio contiene importantes conclusiones. Asegura que a causa del clima los conflictos armados aumentarán, que en el futuro escaseará la comida y el agua y que muchas especies y ecosistemas simplemente desaparecerán. Uno de los capítulos que más ha llamado la atención es el impacto que tiene en los océanos, pues prueba que este fenómeno alterará la vida marina más rápido que los últimos 65 millones de años. Esos cambios de clima afectarán principalmente a los países más pobres. Y, como dijo Simon Maxwell, director de la junta de la Alianza Clima y Desarrollo, “Latinoamérica, sin lugar a dudas, será uno de los más golpeados“. El informe alerta que los principales ríos de Colombia han reducido sus caudales y señala que el país está entre los diez más vulnerables del mundo a la disminución de pesca, lo cual es grave porque millones de sus habitantes tienen en ella su principal fuente de alimentación. Además, sostiene que el 30 por ciento de la población vive en zonas costeras, muy vulnerables a eventos extremos del clima. La ONU ya había alertado hace unos años que por su posición geográfica Colombia es el tercer país del mundo más vulnerable al cambio climático. “Este informe evidencia que situaciones como la sequía del Casanare no son una emergencia momentánea. Hoy son los chigüiros, pero mañana serán los seres humanos”, sostiene la ambientalista Claudia Martínez. El país ya sabe los costos de no prepararse para eventos climáticos. El invierno de 2010 dejó 150 personas muertas y 1,5 millones sin hogar. “La factura del cambio climático ese año no fue nada despreciable: cerca de 11 billones de pesos, que equivalen casi el 2 por ciento del PIB de 2011”, sostiene la ex viceministra de Ambiente, Adriana Soto. Pero no todo es apocalíptico. Según el informe “la región es considerada como un jugador clave en la economía mundial por el rol que juegan Colombia, Brasil y Chile”. Al país todavía le falta mucho para prepararse para lo que viene, pero ha dado pasos importantes.
A raíz de las inundaciones se creó un Fondo de Adaptación que tiene la tarea de hacer las obras que se necesitan para que esa tragedia no vuelva a suceder. El informe también destaca el proyecto de ganadería que busca hacer más eficiente esa actividad para que las vacas no ocupen las 38 millones de hectáreas de hoy y un sistema piloto para atender enfermedades que aumentan en los cambios del clima como la malaria. Ciudades como Cartagena y departamentos como San Andrés y Huila ya han empezado a construir sus planes de adaptación a los cambios de clima. Colombia tiene otra enorme ventaja y es que sus parques naturales ocupan el 12 por ciento del territorio y esa cifra podría duplicarse en los próximos años. “Las áreas protegidas han demostrado ser la manera más eficiente para manejar la mitigación y la adaptación al cambio climático”, explica la directora de Parques Nacionales, Julia Miranda. Científicamente está demostrado que tener áreas bien conservadas logra que los ecosistemas soporten los extremos climáticos. La naturaleza está tan conectada que la protección de los manglares y los corales del Caribe es indispensable para que no se derrita el Ártico. Por eso la declaratoria de las 42.000 hectáreas del páramo de Santurbán que acaba de hacer la ministra de Ambiente, Luz Helena Sarmiento, no solo es fundamental para esa región sino clave para el país. El ecologista James Lovelock, famoso por haber creado la teoría de Gaia, dijo a propósito de este informe que quizá su mérito es que “los ambientalistas han dejado de ser una minoría, porque hoy la mayoría se preocupa por el planeta, y eso hace más difícil que nunca encasillarlos”. La hipótesis de Gaia es un conjunto de modelos científicos de la biosfera en el cual se postula que la vida fomenta y mantiene unas condiciones adecuadas para sí misma, afectando al entorno. Según la hipótesis de Gaia, la atmósfera y la parte superficial del planeta Tierra se comportan como un todo coherente donde la vida, su componente característico, se encarga de autorregular sus condiciones esenciales tales como la temperatura, composición química y salinidad en el caso de los océanos. Gaia se comportaría como un sistema auto-regulador (que tiende al equilibrio). La teoría fue ideada por el químico James Lovelock en 1969, aunque publicada en 1979, siendo apoyada y extendida por la bióloga Lynn Margulis.
Lovelock estaba trabajando en ella cuando se lo comentó al escritor William Golding, fue éste quien le sugirió que la denominase “Gaia”, diosa griega de la Tierra. Lovelock fue llamado por la NASA en 1965 para participar en el primer intento de descubrir la posible existencia de vida en Marte. Participó como asesor de un equipo cuyo objetivo principal era la búsqueda de métodos y sistemas que permitieran la detección de vida en Marte y en otros planetas. Uno de los problemas a resolver sería el encontrar los criterios que deberían seguirse para lograr detectar cualquier tipo de vida. A Lovelock le llamaron la atención las radicales diferencias que existían entre la Tierra y los dos planetas más próximos, fue la singularidad de las condiciones de la Tierra lo que le llevó a formular su primera hipótesis. Esta teoría se basa en la idea de que la biosfera autorregula las condiciones del planeta para hacer su entorno físico (especialmente temperatura y química atmosférica) más hospitalario con las especies que conforman la «vida». La hipótesis Gaia define esta «hospitalidad» como una completa homeostasis. Un modelo sencillo que suele usarse para ilustrar la hipótesis Gaia es la simulación del mundo de margaritas. Según la segunda ley de la termodinámica, un sistema cerrado tiende a la máxima entropía. En el caso del planeta Tierra su atmósfera debería hallarse en equilibrio químico, todas las posibles reacciones químicas ya se habrían producido y su atmósfera se compondría mayoritariamente de CO2 sin apenas vestigios de oxígeno y nitrógeno. Según la teoría de Gaia, el que al día de hoy la atmósfera la compongan un 78% de nitrógeno, 21% de oxígeno y apenas un 0,03% de dióxido de carbono se debe a que la vida, con su actividad y su reproducción, mantiene estas condiciones que la hacen habitable para muchas clases de vida . Con anterioridad a la formulación de la Hipótesis de Gaia se suponía que la Tierra poseía las condiciones apropiadas para que la vida se diese en ella, y que esta vida se había limitado a adaptarse a las condiciones existentes, así como a los cambios que se producían en esas condiciones. La hipótesis de Gaia lo que propone es que, dadas unas condiciones iniciales que hicieron posible el inicio de la vida en el planeta, ha sido la propia vida la que las ha ido modificando, y que, por lo tanto, las condiciones resultantes son consecuencia y responsabilidad de la vida que lo habita. Para explicar cómo la vida puede mantener las condiciones químicas de Gaia, Margulis ha destacado la gran capacidad de los microorganismos para transformar gases que contienen nitrógeno, azufre y carbono.
Lovelock definió Gaia como: “una entidad compleja que implica a la biosfera, atmósfera, océanos y tierra; constituyendo en su totalidad un sistema cibernético o retroalimentado que busca un entorno físico y químico óptimo para la vida en el planeta“. Con su hipótesis inicial, Lovelock afirmaba la existencia de un sistema de control global de la temperatura, composición atmosférica y salinidad oceánica. Sus argumentos eran: la temperatura global de la superficie de la Tierra ha permanecido constante, a pesar del incremento en la energía proporcionada por el Sol; la composición atmosférica permanece constante, aunque debería ser inestable; la salinidad del océano permanece constante. Por el pasado informe, el panel intergubernamentalganó el Premio Nobel de la Paz. Y el ex vicepresidente de Estados Unidos Al Gore recibió la misma distinción por haber enarbolado la causa del cambio climático. Aun así el mundo no se ha puesto de acuerdo en lo que tiene que hacer para frenar lo que se viene encima, y no tiene mucho que mostrar en esa lucha. A pesar de que ya no hay duda de que el futuro no pinta nada bien. “El cambio climático, indirectamente, puede incrementar el riesgo de conflictos violentos y las guerras civiles”, sostiene el informe. Las sequías, las inundaciones y las fuertes tormentas no crearán guerras automáticamente, pero multiplicarán las amenazas económicas, políticas y religiosas que las producen. Hoy incluso se habla de “los desplazados del clima”, millones de personas que han tenido que migrar por catástrofes naturales. Se estima que en 2050 Bangladesh tendrá 50 millones de estos desplazados. En Colombia ya hay miles de ellos, como los habitantes de Manatí, que seguían viviendo en carpas durante el invierno de 2010. El secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, ha dicho que el conflicto de Darfur, Sudán, se debe también a problemas ecológicos. El famoso economista Jeffrey Sachs atribuye la violencia en Somalia a una “volátil mezcla de falta de agua y alimentos”. El calentamiento global hará que en algunos años la producción de alimentos no alcance para alimentar a toda la humanidad. Por eso, el presidente del Banco Mundial, Jim Yong King, aseguró que en cinco o diez años los principales conflictos serán por causa de la hambre y la sed. El informe sostiene que en países del trópico, como Colombia, la pesca disminuirá hasta un 60 por ciento. El documento agrega que si la temperatura aumenta dos grados centígrados los cultivos de maíz, trigo y arroz caerán dramáticamente. Para 2050 los precios de los alimentos se habrán duplicado y en Colombia el 80 por ciento de los cultivos se verán afectados. Por eso, Rafael Mejía, presidente de la Sociedad Colombiana de Agricultores, ha dicho que el cambio climático ya es un problema en el país.
En el caso de Europa, el cambio climático provocará un incremento de las restricciones de agua debido a la “significativa reducción de la extracción de los ríos y de acuíferos subterráneos“, combinada con el aumento de la demanda para irrigación, energía e industria y uso doméstico. Este proceso se intensificará en determinadas áreas del continente debido una mayor pérdida de agua a través de la evaporación natural, “particularmente en el sur de Europa“. Otro riesgo señalado para Europa es el aumento de las olas de calor, que podrían tener un impacto negativo en la salud y el bienestar públicos, la productividad laboral, la producción agrícola y la calidad del aire, así como elevar el riesgo de incendios forestales “en el sur de Europa y en la región boreal de Rusia“. El informe alerta además sobre la mayor probabilidad de inundaciones en las zonas costeras y cuencas de ríos a causa de la urbanización creciente, el aumento del nivel del mar y la erosión de la costa. A nivel mundial, el informe alerta sobre las amenazas a sistemas únicos como el hielo del Ártico y las barreras de coral, el impacto sobre el mar y los sistemas de agua dulce. En este sentido, afirma que los océanos verán incrementada su acidez, amenazando a los corales y a las especies que viven en ellos y provocando que los animales, plantas y otras especies se muevan hacia los polos con el incremento de las temperaturas. Respecto al impacto más directo del cambio climático sobre los seres humanos, el IPCC ha alertado de que la seguridad alimentaria es un aspecto que desata especial preocupación. Las previsiones contemplan pérdidas de hasta el 25% en las cosechas de maíz, arroz y trigo en el periodo que se extiende hasta 2050. Además, múltiples especies de peces, fuente de alimentos para una importante parte de la población, se desplazarán a causa del calentamiento de las aguas, lo que podría provocar una disminución en la pesca en los trópicos y la Antártida de hasta el 50% en dicho periodo de tiempo. El documento resalta además que la población mundial se verá además afectada por inundaciones y un incremento de la tasa de mortalidad a causa del calor, y advierte del incremento de las migraciones vinculadas a las condiciones climáticas, así como los conflictos y las amenazas a la seguridad nacional derivadas de las mismas.
Los chinos decían que “el aleteo de las alas de una mariposa puede provocar un tsunami al otro lado del mundo”. Los impactos del cambio climático le han dado a ese proverbio la razón. El informe muestra cómo un 80 por ciento de la contaminación que llega a la Antártida proviene de Sudamérica. Esta semana un informe del Instituto Agustín Codazzi señaló que la degradación de los páramos en el Cocuy era la causa probable de la sequía que sufre Paz de Ariporo, en Casanare. Al otro lado del océano, las autoridades del Reino Unido pidieron a sus ciudadanos no salir a la calle, pues nubes movidas por los flujos de vientos alisios venían cargadas de polvo contaminado del Sahara, que cubría las ciudades. La Amazonia será una de las principales víctimas de los cambios del clima, según el informe. Se estima que en el mayor bosque que tiene el planeta las lluvias se reducirán en un 50 por ciento para 2050, de acuerdo alGlobal Canopy Project. Otro estudio reveló que en 2030 más de la quinta parte de la selva colombiana no existirá. Para Wendy Arenas, directora del proyecto Amazonas 2030, el informe es una alerta. “La Amazonia juega un papel crítico pues regula una parte importante de las lluvias de América Latina. Incluso la humedad de los páramos de los Andes depende de ella”, explica. Por otro lado, apunta que el mundo, en la mayor parte de los casos, está “poco preparado” para afrontar los riesgos de este fenómeno, pero aún es “posible” luchar en su contra, aunque esto requiere “tomar decisiones“. Menos glaciares, más sequía. El resumen para responsables políticos que presenta el IPCC incluye unas tablas en las que se enumeran los impactos atribuibles al cambio climático desde el último informe de evaluación de los expertos, en 2007. En Europa, los científicos tienen claro que responden a esta causa el retroceso de los glaciares alpinos, escandinavos e islandeses o el incremento de las masas forestales quemadas en décadas recientes en Portugal y Grecia. También atribuyen al cambio climático la llegada temprana de aves migratorias desde 1970, el estancamiento de cosechas de trigo en algunos países y el cambio en la distribución de especies de peces en los mares europeos.
Entre los riesgos futuros que destaca el informe del IPCC está la erosión de la costa, las inundaciones de ríos y mayores restricciones de agua, sobre todo a causa de la mayor evaporación que se producirá en el sur del continente. El texto alerta también sobre los fenómenos de calor extremo, que afectarán a la salud, la productividad y el riesgo de incendio. Una de las conclusiones más graves de todo el informe se refiere a los impactos que tendrá el aumento del nivel del mar y las inundaciones en las costas de Asia, especialmente en áreas de rápido crecimiento: “cientos de millones de personas se verán afectadas por inundaciones costeras y se verán forzadas a desplazarse al perder sus tierras, su mayoría en el este, sudeste y el sur de Asia”. A pesar de que es difícil ver su impacto, pequeños cambios pueden conducir a un cambio generalizado si son estratégicos. Disminuyendo nuestra huella energética, hídrica y alimentaria, y empujando a empresas y grandes industrias a hacer lo propio, quizá podremos dejarles a las generaciones que siguen un planeta algo menos peor de lo que se espera. Los efectos del calentamiento global no son una amenaza futura e inconcreta, sino que ya pueden observarse en muchas regiones, asegura el IPCC en su resumen para los responsables políticos: fenómenos meteorológicos extremos como olas de calor, sequías y ciclones; cosechas menos abundantes; cambios en las precipitaciones que afectan el acceso a los recursos hídricos. Y el mundo está “mal preparado” para enfrentarse a los impactos futuros. Un calentamiento global superior a los 2.5 grados podría llevar a “pérdidas económicas agregadas globales” de entre el 0,2% y el 2,0% del PIB. Esta estimación es prudente ya que las estimaciones de impacto económico son “incompletas y dependen de un gran número de supuestos, muchos de los cuales son discutibles”. El reto está más bien en averiguar cómo de costoso será. Para paliar estos riesgos, el IPCC insta a los líderes políticos a tomar medidas para reforzar los sistemas de vigilancia y alerta ante “eventos climáticos extremos“, además de mejorar la gestión de recursos hídricos y las políticas para promover el ahorro de agua o para combatir los incendios forestales. “Reducir estos riesgos dependerá de nuestra capacidad de mitigar los efectos del cambio climático y de adaptar a ellos nuestras sociedades“, ha apuntado Chris Field, vicepresidente de este grupo de trabajo de la ONU. El presidente del IPCC, Rajendra Pachauri, ha hecho hincapié en la necesidad de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, un factor “del que dependerá lo que suceda en muchas partes del mundo en los próximos años“.
El trabajo incluye las aportaciones de 309 autores principales y editores de 70 países que, a su vez, solicitaron ayuda a otros 436 autores y un total de 1.729 revisores expertos. El copresidente del grupo de trabajo II, Vicente Barros, ha manifestado que esta es una época en la que “el cambio climático está causado por el hombre” y que en muchos casos el mundo no está preparado para los riesgos relacionados con el clima. “Invertir en una mejor preparación puede reportar dividendos en el presente y en el futuro“, ha manifestado. Por su parte, el también copresidente del grupo de trabajo II, Chris Field, ha manifestado que ya se está empezando a producir una adaptación para reducir los riesgos derivados del cambio climático, pero ha lamentado que se concede más importancia a reaccionar ante fenómenos ya ocurridos que a prepararse para la evolución futura. “La adaptación al cambio climático no es un programa exótico que no se haya intentado nunca. Los gobiernos, las empresas y las comunidades de todo el mundo están adquiriendo experiencias sobre la adaptación“, ha señalado Field durante la presentación del documento en Japón. Además, ha manifestado que estas experiencias son precisamente el punto de partida para lograr adaptaciones “más audaces y ambiciosas, que serán importantes a medida que continúen cambiando el clima y la sociedad” y ha explicado que con niveles elevados de calentamiento por el aumento continuo de las emisiones de gases de efecto invernadero “será difícil controlar los riesgos y, aunque se invierta de manera significativa y continuada en la adaptación, habrá limitaciones“. En el momento actual, se han referido a los impactos del cambio climático que “ya se han observado” en la agricultura, la salud humana, los ecosistemas de la tierra y los océanos, el abastecimiento de agua y los medios de vida de algunas personas, y ha expuesto que el rasgo “más llamativo” es que estos impactos se están produciendo desde los trópicos hasta los polos, desde las islas pequeñas hasta los grandes continentes y desde los países más ricos hasta los más pobres. En este contexto, Field ha insistido en que personas, sociedades y ecosistemas son vulnerables en todo el mundo, pero la vulnerabilidad es diferente en cada lugar, al tiempo que el cambio climático interactúa con “otras tensiones“, aumentando el riesgo. A este respecto, Barros ha manifestado que “la adaptación puede contribuir decisivamente a disminuir esos riesgos y que en parte, el motivo de que la adaptación sea tan importante es que el mundo se enfrenta a una multitud de riesgos derivados del cambio climático que ya están integrados en el sistema climático, debido a emisiones previas y a la infraestructura existente“.
Del mismo modo, Field ha subrayado que si se comprende que controlar los riesgos del cambio climático es una tarea acuciante, se abre una amplia gama de posibilidades para integrar la adaptación en el desarrollo económico y social y en las iniciativas para limitar el calentamiento en el futuro. “Es indudable que nos enfrentamos a una tarea difícil, pero comprender esas dificultades y hacerles frente de manera creativa puede hacer que la adaptación al cambio climático se convierta en una vía importante para construir un mundo más dinámico a corto plazo y en un futuro más lejano“, añade Field. Por su parte, el presidente del IPCC, Rajendra Pachauri, ha subrayado que el informe del grupo de trabajo II es “otro avance importante en la comprensión sobre cómo reducir y gestionar los riesgos del cambio climático” y que junto, con los informes de los Grupos de Trabajo I y III, el documento proporciona un panorama conceptual de las características esenciales del problema, pero también de las posibles soluciones. Finalmente, Pachauri ha declarado que los informes del IPCC son “una de las empresas científicas más ambiciosas de la historia de la humanidad” y ha confesado que se siente “muy honrado y agradecido” por las aportaciones de cuantos los hicieron posibles“. Y aquí queremos hacer referencia a uno de los principales investigadores de fenómenos geológicos. Charles H. Hapgood (1904 – 1983) desarrolló una fundamentada línea de investigación del pasado remoto de las culturas humanas, basándose en métodos empíricos de conocimiento. Los sorprendentes resultados han sido expuestos en trabajos como “El Cambio de la Corteza Terrestre” o “Los Mapas de los Antiguos Reyes Marinos. Evidencia de Civilización avanzada en la Edad del Hielo“. En la primera obra, Hapgood aborda los drásticos cambios que significan para el planeta y sus habitantes los cambios del Eje Terrestre. Éste trabajo de Hapgood fue republicado en 1970 con el título “El sendero del Polo” (The Path of the Pole), determinando que es el movimiento de los polos terrestres la causa del desplazamiento de las masas continentales o deriva continental y su directa relación con los cambios climáticos, la formación de montañas, los altiplanos y los fondos marinos, siendo estos factores, las posibles razones de la extinción natural de algunas especies en el pasado. El movimiento de los polos se produciría por el movimiento centrífugo y su relación con la masa de la corteza terrestre de acuerdo a la siguiente secuencia: acumulación extrema de masa en uno ó ambos polos, situación que desestabiliza el equilibrio rotacional de la Tierra, generando un deslizamiento de gran parte de la corteza terrestre externa alrededor del centro de la Tierra.
Se generan, de esta manera, catastróficos cambios en la superficie, desplazando por ejemplo, al actual continente antártico, que estuvo situado en la zona ecuatorial, a su actual ubicación polar. El movimiento de los polos, según Hapgood, dura aproximadamente 5.000 años, seguido por un período de relativa quietud entre 20.000 a 30.000 años. En “El sendero del Polo” Hapgood explica los dramáticos acontecimientos que se produjeron hace unos 12.000 años: “Un número considerable de antiguas playas que ahora se hallan en grandes elevaciones sobre el nivel del mar —y a veces, tierra adentro, lejos de las actuales costas—, evidencian cambios verticales prácticamente drásticos en las posiciones de las masas de la Tierra”. También el geólogo P. Negris dijo haber encontrado evidencias de antiguas playas en tres montañas de Grecia, a saber, Monte Hymeto, Monte Parnaso y Monte Geraneia, a 1.400, 1.500 y 1.700 pies (1 pié = 0,3048 metros), respectivamente, sobre el nivel del mar. También encontró una playa en el Monte Délos, a 500 pies. Sobre la costa de la Baja California aún pueden hallarse rastros de costas labradas por las olas, en algunos casos a unos mil quinientos pies sobre el nivel del mar. Sería posible multiplicar interminablemente la evidencia de playas elevadas que se hallan en todas partes del mundo, y muchas de ellas pueden implicar cambios en las elevaciones del fondo del mar, como sugiere el geólogo holandés Jan Umbgrove. Una de las características más sobresalientes de la superficie terrestre es el gran valle producido por la gran falla en África. La Placa Africana es una placa tectónica continental que cubre el continente de África y que se extiende hacia el oeste hasta la dorsal mesoatlántica. Todos los límites de la placa Africana son muy divergentes, excepto el que tiene con la placa Euroasiática. La placa abarca varios bloques continentales estables de viejas rocas, los cuales formaron el continente africano durante la existencia de Gondwana hace unos 550 millones de años. Estos bloques son, del Sur al Norte, el Kalahari, Congo, Sáhara y el bloque africano del oeste. Cada uno de estos bloques se pueden subdividir en bloques más pequeños y uniformes. Uno de los aspectos más importantes de la placa es el Gran Valle del Rift, en el Este, una fractura que está separando a una porción del continente, y de la placa, que eventualmente dividirá la Placa Africana en dos: la Placa de Nubia y la Placa Somalí. Así, por ejemplo, se dice que el estrecho de Gibraltar separa la Placa Euroasiática de la Placa de Nubia. El movimiento de la placa africana es hacia el Norte a unos 2,15 centímetros cada año, lo cual la llevará a unirse al extremo sur de España dentro de 650.000 años, separando el mar Mediterráneo del océano Atlántico. El Dr. Hans Cióos señaló que los elevados acantilados de una de las márgenes de este valle alguna vez fueron el borde del propio continente africano, no sólo el comienzo de la plataforma continental sino el mismo borde de la masa del continente. Por algún catastrófico movimiento, ese costado del continente fue tremendamente elevado y el fondo del mar también subió con él cerca de una milla, de modo que pasó a convertirse en tierra seca.
¿Por qué razón los continentes terminan de manera tan abrupta y se sumergen tan rápidamente en el mar? ¿Por qué los márgenes montañosos de la mayoría de los continentes, son altos y en relieve? La corta sección transversal en la larga cadena Lebombo, situada en Swazilandia, no parece relevante, pero sirve para explicar acontecimientos remotos en la Tierra, pues aquí queda expuesto el antiguo margen del continente. Durante el período cretácico, el mar se extendía desde el Este hasta esta zona. La actual llanura entre las colinas de Lebombo y la actual costa son los restos del lecho del mar que se elevó. Lo que observamos son los flancos de una curva que desciende desde el África Septentrional hacia el océano Índico. Pero también vemos estratos sedimentarios seguidos de rocas volcánicas que se extienden hacia el este de las colinas, algunas paralelas a los estratos, como torrentes derramados sobre ellos e inclinados junto con ellos. Otras aparecen en las capas de piedra arenisca, elevándose empinadamente desde abajo. Esto significa que, dado que el borde del continente se plegó en la zona de las colinas de Lebombo, la corteza explotó y se abrieron grietas, por las cuales un fluido incandescente salió disparado. A finales del período paleozoico, el margen oriental era una gigantesca bisagra sobre la cual se doblaba la corteza terrestre para ser cubierta por el océano. Lo que vemos actualmente es simplemente una sección transversal, que se puede seguir hacia el Norte o Sur, e incluso al otro lado del continente, descubriendo que las grandes franjas de esta tierra han tenido el mismo destino. Los océanos se hundieron junto a los continentes y, a consecuencia de este hundimiento, el continente se elevó desde el océano. Es evidente que los continentes se elevaron y se plegaron a escala gigantesca y que pueden volverlo a hacer en el futuro. Volviendo al escenario de lo que pudo pasar en la anterior gran catástrofe, cuando la onda cargada de partículas declinó, el magnetismo del interior de la Tierra pudo restablecerse. Sin embargo, los polos se movieron, porque el que se encontraba más cerca del Sol recibió el mayor impacto. La corteza terrestre dejó de flotar, acompañada por apocalípticos terremotos, con partes de tierra que se derrumbaban, una extraordinaria actividad tectónica y la mayoría de los volcanes en plena erupción. Pero entonces ocurrió la mayor catástrofe, pues debido a la inercia, el movimiento de los océanos no pudo detenerse, por lo que una gigantesca ola cubrió toda la Tierra. Por esta razón los mayas sentían tanto temor ante un futuro en que se pudiera repetir el cataclismo.
Tres de los elementos básicos en la religión babilónica eran el fuego, las serpientes y el Sol. Ello se ha reproducido de distintas maneras en otras culturas antiguas, como la Egipcia. En lo que respecta a nuestra estrella, durante toda la historia se ha venerado al Sol por sus aportaciones de calor y luz para posibilitar la vida en la Tierra. Sin embargo, todo parece indicar que la Hermandad de Babilonia y otros grupos afines, con conocimientos avanzados, se centraron en el Sol por otras razones. Conocían la verdadera naturaleza del Sol como un tipo de conciencia multidimensional que ejerce su influencia en el sistema solar mediante frecuencias invisibles. Incluso en esta dimensión física, las emisiones de energía magnética del Sol nos están afectando constantemente. Y creemos que el Sol ha estado en el origen de muchas de las catástrofes globales que han afectado a la Tierra. El signo más evidente de actividad en la fotosfera son las manchas solares. En los tiempos antiguos se consideraba al Sol como un fuego divino y, por consiguiente, perfecto e infalible. Del mismo modo se sabía que la brillante cara del Sol estaba a veces nublada con unas manchas oscuras, pero se imaginaba que era debido a objetos que pasaban en el espacio entre el Sol y la Tierra. Cuando Galileo (1564-1642) construyó el primer telescopio astronómico, dando origen a una nueva etapa en el estudio del Universo, hizo la siguiente afirmación “Repetidas observaciones me han convencido, de que estas manchas son sustancias en la superficie del Sol, en la que se producen continuamente y en la que también se disuelven, unas más pronto y otras más tarde“. El investigador Maurice Cotterell ha hecho un largo y detallado estudio sobre la actividad de las manchas solares y de las erupciones solares cuando el Sol está proyectando energía magnética enormemente poderosa. Esto ha sido fotografiado como gigantescos bucles de fuego, algunos de 160.000 km de alto. Esta energía viaja a la tierra en el viento solar y puede afectar sistemas de computadoras y causar cortes de energía. De no ser por los cinturones de Van Allen, las zonas de radiación que rodean el planeta y que se conectan con el campo magnético de la Tierra, la energía del Sol literalmente nos freiría. Maurice Cotterell estudió los ciclos de las manchas solares y estableció ciclos breves, largos y grandes de actividad solar. Cuando la investigación de Cotterell ya estaba avanzada, conoció el sistema matemático dejado por el antiguo pueblo maya en América Central. Los mayas afirmaron deber su origen a los “dioses” y hablaban de una isla perdida como de su antiguo hogar. Sus sistemas matemáticos y astronómicos, así como su medición del tiempo, increíblemente exactos, fueron heredados de culturas mucho más antiguas y, en última instancia, supuestamente de seres extraterrestres.
Una mínima cantidad de materia puede convertirse en una enorme manifestación de energía. Esta relación entre la materia y la energía explica la potencia del Sol, que hace posible la vida. En 1905, Einstein había predicho una equivalencia entre la materia y la energía mediante su ecuación E=mc². Una vez que Einstein formuló la relación, los científicos pudieron explicar por qué ha brillado el Sol por miles de millones de años. En el interior del Sol se producen continuas reacciones termonucleares. De este modo, el Sol convierte cada segundo unos 564 millones de toneladas de hidrógeno en 560 millones de toneladas de helio, lo que significa que unos cuatro millones de toneladas de materia se transforman en energía solar, una pequeña parte de la cual llega a la Tierra y sostiene la vida. Unas de las primeras observaciones astronómicas de la actividad solar fueron las realizadas por Galileo Galilei en el siglo XVII, utilizando vidrios ahumados al principio, y usando el método de proyección después. Galileo observó así las manchas solares y pudo medir la rotación solar así como percibir la variabilidad de éstas. En la actualidad la actividad solar es monitoreada constantemente por observatorios astronómicos terrestres y observatorios espaciales. Entre los objetivos de estas observaciones se encuentra no solo alcanzar una mayor comprensión de la actividad solar sino también la predicción de sucesos de elevada emisión de partículas potencialmente peligrosas para las actividades en el espacio y las telecomunicaciones terrestres. Maurice Cotterell estaba sorprendido de que los ciclos mayas de la evolución humana se correspondiesen tan notablemente con sus ciclos de las manchas solares y de las emisiones magnéticas. Esto es perfectamente explicable, ya que todo es energía. La vida es la interacción de campos vibratorios magnéticos y si se cambia el magnetismo se modifica la naturaleza del campo de energía. Y si se cambia el campo de energía también se cambia la naturaleza de la vida mental, emocional, espiritual y física, que son energía en diferentes formas. Los otros planetas también afectan el campo magnético de la Tierra cuando giran alrededor del Sol. Esto forma parte de lo que llamamos astrología. Cotterell también cree que somos afectados más poderosamente por estos campos cuando somos concebidos que cuando nacemos. Sus investigaciones le llevaron a creer que la actividad de las manchas solares se correspondía con los ciclos de fertilidad humanos y con el surgimiento y decadencia de grandes civilizaciones e imperios. Los científicos también han descubierto que los humanos tenemos un reloj interno que está sincronizado con el Sol y que su efecto sobre la vida humana es fundamental, más allá de su aportación de calor y luz.
Los “dioses” de la antigüedad sabían esto y por esta razón el Sol era visto con cierto temor. En realidad es el corazón físico y espiritual del sistema solar y llegó a simbolizar al creador, particularmente los aspectos masculinos de la fuerza creativa “Él Que Es La Luz Del Mundo“. Estos conocimientos del Sol son un tema importante en nuestro viaje a través de la Historia. Los antiguos usaban constantemente al Sol y su simbolismo astrológico en sus historias y algunos de los nombres para sus dioses fueron utilizados para simbolizar el Sol y los planetas. Y dilucidar lo que qué es real de lo qué es simbólico es bastante complicado. Asimismo es posible que el término “Dios del Sol” haya sido empleado para simbolizar a los “dioses” extraterrestres, de quienes se decía en los textos antiguos que tenían rostros que brillaban como el Sol (“los que brillan”). Imaginemos el poder que tendría alguien que conociera los ciclos de la energía del Sol y de los otros planetas, así como de qué manera pueden afectar a la conciencia humana. Podrían manipular la raza humana. Pues bien, se supone que la Hermandad Babilónica poseía estos conocimientos. Antiguas tradiciones afirman que cuando el Sol pasó por los 16º del signo zodiacal de Leo en el año 9.792 a.C., una luz abrasadora proveniente de nuestra estrella alcanzó la Tierra y el cielo pareció desmoronarse, ya que la Tierra se inclinó sobre su eje. A consecuencia de ello, al sufrir la corteza terrestre un desplazamiento, los continentes cambiaron de posición. Y cuando el Sol volvió a salir por el horizonte era de hecho un nuevo horizonte, ya que la Tierra se había dado la vuelta. Los egipcios lo simbolizaron agregando una cruz de asa, que es el símbolo de la vida eterna. Se supone que el Sol se mantendría en este nuevo horizonte hasta el día del siguiente cataclismo, en un ciclo de continúas destrucciones y renacimientos. En Alaska aún pueden verse los restos de esta gran catástrofe de hace unos doce mil años. Todos los seres vivientes, tanto animales como plantas se congelaron repentinamente, en pocos segundos, produciendo la extinción de todos los grandes animales y marcando el fin de una era. La actividad solar es un fenómeno más o menos periódico. Durante siglos de estudio, la gente ha descubierto que el Sol alcanza un mínimo y un máximo en un período de once años, y a este período se lo denomina ciclo solar. En el año 1.610. Galileo fue la primera persona de la historia conocida que utilizó un telescopio para efectuar estudios astronómicos. Él vio que eran manchas y no planetas las que se movían alrededor del Sol, porque al contrario de lo que acontece con Mercurio y Venus, que pasan por el Sol de vez en cuando, no eran constantes sino cambiantes todo el tiempo, tanto en número como en ubicación sobre la superficie solar. Después de este descubrimiento, la gente tuvo datos medianamente fiables sobre la cantidad de manchas solares. El “mínimo incoherente” mencionado desde 1.650 hasta 1.710, y la fuerte variación a lo largo de los siglos, son asombrosos. La comparación con el cambio en la temperatura promedio de la Tierra, muestra un marcado parecido entre los picos más altos y más bajos.
La actividad del Sol exhibe variaciones en el ciclo de once años. Hay ciclos largos y cortos; el período más largo entre dos picos fue de 17,1 años (1.788 – 1.805), y el más corto fue de 7,3 años (1.829 – 1.837). También hay ciclos con una intensidad máxima, grande y pequeña. Por ejemplo, en 1.952 y 1.989, el Sol mostró una pesada actividad con violentas erupciones. Por otra parte, en 1.962 no pudo verse casi nada sobre el Sol, ya que estuvo muy quieto. La mayor sorpresa para los expertos solares se produjo en 1.996. Según la teoría, este debió ser un período de calma entre dos ciclos, pero la naturaleza decidió lo contrario. En la primavera de ese año, el satélite Anik E-1 se tornó inutilizable, y la razón fue los daños provocados por la tormenta. Enormes llamas solares lanzaron al espacio millones de toneladas de partículas que se estrellaron contra la atmósfera terrestre, la cual las devolvió parcialmente al espacio. Como se trataba de una masa increíblemente grande, billones de partículas lograron abrirse camino, y así, el resultado final para este satélite sumamente costoso fue lamentable. Ningún astrónomo esperaba que se produjese esto, pues pensaron que el Sol sólo evidenciaba este tipo de comportamiento en el punto máximo de su ciclo. Obviamente, no era el caso; el Sol también podía padecer anomalías durante los periodos de calma. Este es un punto muy importante. Si aplicamos el ciclo de once años, el mismo debería estar declinando abruptamente a fines del pasado y famoso año 2.012. Nuestros astrónomos y físicos aún no tienen explicaciones convincentes para el ciclo de las manchas solares, pero los sacerdotes de distintas antiguas culturas descubrieron unos cuantos fenómenos relacionados con este asunto. Al cabo de muy largos períodos de observación, notaron que las manchas solares se movían por el ecuador, con un tiempo promedio de 26 días, pero a medida que nos acercamos a los polos solares, el tiempo promedio es más largo. También descubrieron que el tiempo requerido por las manchas solares para moverse desde un punto al otro es variable. En 1.989, el investigador Maurice Cotterell, según explica en su obra “Las profecías mayas”, obtuvo los siguientes valores para los campos magnéticos del Sol: 26 días para el campo ecuatorial y 37 días para el campo polar. También determinó que los campos magnéticos polar y ecuatorial del Sol terminan un ciclo cada 87,45 días y regresan al punto de partida. Cotterell vio que esto era semejante al conocido ciclo de las manchas solares.
Por ello se considera que los conocimientos de los ciclos de las manchas solares por parte de los mayas y los egipcios, descifrados a partir del Códice Dresden de los Mayas y del zodíaco astronómico egipcio, debían ser tenidos en consideración. Y lo sorprendente es que el campo polar del Sol es invisible desde la Tierra. Sólo actualmente, mediante los satélites que están en órbita alrededor del Sol, se puede observar este campo polar del Sol. Es un verdadero enigma saber cómo se las arreglaron los mayas para saber la velocidad de este campo. Tanto para los mayas como para los egipcios, el ciclo de las manchas solares era un tema fundamental, ya que una tormenta solar gigantesca puede hacer oscilar los polos magnéticos de la Tierra. Para calcular el ciclo de las manchas solares se requieren importantes conocimientos matemáticos y del movimiento de la Tierra alrededor del Sol. Y todo parece indicar que los sacerdotes iniciados en los textos sagrados poseían estos conocimientos. Pero, ¿qué causó la extinción de millones de animales en un remoto pasado? La muerte tuvo tan colosales proporciones que todavía impresionan sus rastros. En el valle del Yukón, junto al río del mismo nombre, puede verse un claro registro de esta súbita extinción. También se encuentran evidencias de que hubo alteraciones atmosféricas de una enorme violencia. Por ejemplo, los gigantescos mamuts y los bisontes fueron destrozados y retorcidos como por una mano gigante. Se encuentran restos de animales desgarrados y desparramados por todo el paisaje. Mezclados con las pilas de huesos se encuentran los restos de árboles, también retorcidos, destrozados y apilados. Y todo esto cubierto por una fina capa de estiércol que, al congelarse, se solidificó. Los antiguos textos coinciden en que una luz incandescente alcanzó la Tierra. Todo parece indicar que desde el interior del Sol se liberaron unas enormes fuerzas electromagnéticas y se produjeron en el Sol gigantescas llamaradas que enviaron una descomunal onda de partículas a la Tierra. Las partículas expulsadas por el Sol produjeron que la atmósfera de la Tierra apareciera como en llamas, afectando dramáticamente al cinturón de Van Allen, que son zonas de la magnetosfera terrestre donde se concentran las partículas cargadas. Debido al continuo flujo electromagnético, el campo magnético de la Tierra se sobrecargó y billones de partículas llegaron a los polos y se generaron gigantescas fuerzas eléctricas. Cuando los polos se llenaron de auroras formadas por las partículas que caían, el campo electromagnético del interior de la Tierra se sobrecargó y estalló, produciendo un impresionante cortocircuito. Al perder su protección magnética, toda la atmósfera del planeta fue bombardeada por las partículas que caían.
En situaciones normales, el campo magnético de la Tierra funciona para protegernos, dirigiendo las partículas electromagnéticas hacia los polos. Pero al perderse esta protección las partículas penetraron en la Tierra desde todas direcciones generando una intensa radiación, tanto en luminosidad como en radioactividad. Los que todavía viviesen podrían contemplar el cielo como si ardiera con toda intensidad, tal como se dice en textos antiguos: “la luz de las luces se encuentra alrededor del mundo, ahora”. Y esto solo fue el aperitivo del verdadero cataclismo. El núcleo de hierro de la Tierra es magnético y, debido al desplazamiento del núcleo magnético, la Tierra comenzó a inclinarse. Como una directa consecuencia de este volteo, la corteza terrestre se desgajó y quedó flotando y la Tierra se inclinó varios miles de kilómetros en muy poco rato. Cualquier testigo del fenómeno observó como si el cielo se viniese abajo, que es la explicación que se ofrece en los textos antiguos. Luego se produjeron gigantescos seísmos, las capas terrestres se movieron, Se elevaron nuevas montañas, la tierra se agrietó y abrió, se desmoronaron las montañas existentes, los continentes e islas se hundieron en los océanos y los volcanes entraron en erupción por todas partes. ¡Un verdadero infierno! ¡Y los astrónomos se preguntan si este acontecimiento podría volver a ocurrir! Los expertos dicen que de ninguna manera podría producirse una gran tormenta capaz de revertir el campo magnético de la Tierra. Al ver lo que ha sucedido, esta teoría no es confiable ahora. También, el ciclo de las manchas solares puede ser más largo o más corto, resultando en una coincidencia “máxima” de la fecha predicha por los mayas y los antiguos egipcios. Es una prueba suficiente para no desechar la antigua sabiduría de estos científicos extraordinarios. Sabemos acerca del ciclo de las manchas solares mucho menos que los atlantes. Durante miles de años ellos lo estudiaron, aplicando una teoría que ningún moderno experto en temas solares conoce. Basándose en esa teoría pudieron predecir con toda exactitud el comportamiento del Sol. Los mayas y los antiguos egipcios tenían números extremadamente precisos con respecto al tiempo que tarda la Tierra para realizar una revolución alrededor del Sol.
¿Qué sabemos sobre lo que hay en el interior de la Tierra? Muy poco. Los científicos están en general de acuerdo en que el mundo que hay debajo de nosotros está compuesto de cuatro capas: una corteza exterior rocosa, un manto de roca caliente viscosa, un núcleo exterior líquido y un núcleo interior sólido. Sabemos que, en la superficie, predominan los silicatos, que son relativamente ligeros y no pesan lo suficiente para explicar la densidad global del planeta. Por tanto, tiene que haber en el interior material más pesado. Sabemos que para que exista nuestro campo magnético tiene que haber en algún lugar del interior un cinturón concentrado de elementos metálicos en estado líquido. Todo eso se acepta de forma unánime. Casi todo lo demás, cómo interactúan las capas, qué hace que se comporten como lo hacen, qué pueden hacer en cualquier momento del futuro, plantea bastante incertidumbre. Hasta la única parte que podemos ver, la corteza, es objeto de una polémica bastante grande. Casi todos los textos de geología explican que la corteza continental tiene de 5 a 10 kilómetros de espesor bajo los océanos, unos 40 kilómetros de espesor bajo los continentes y de 65 a 95 kilómetros de espesor bajo las grandes cordilleras. Pero hay muchas variaciones desconcertantes dentro de estas generalizaciones. Por ejemplo, la corteza debajo de las montañas californianas de Sierra Nevada tiene sólo de 30 a 40 kilómetros de grosor, y nadie sabe por qué. Según todas las leyes de la geofísica, esas montañas deberían estar hundiéndose, como si estuviesen sobre arenas movedizas. Algunos creen que puede ser que esté pasando eso. Cómo y cuándo se formó la corteza terrestre son cuestiones que dividen a los geólogos en dos grandes campos: los que creen que sucedió bruscamente, al principio de la historia de la Tierra, y quienes creen que fue de forma gradual y bastante más tarde. Richard Armstrong, de Yale, propuso una teoría de estallido inicial en la década de 1960, y luego dedicó el resto de su carrera a combatir a quienes no estaban de acuerdo con él. Murió de cáncer, pero poco antes «arremetió contra sus críticos en una revista australiana de ciencias de la Tierra en una polémica en que les acusaba de perpetuar mitos», según un reportaje de la revista Earth de 1998. «Murió amargado», informaba un colega. La corteza terrestre y parte del manto exterior se denominan litosfera (del griego litos, que significa «piedra»). La litosfera flota sobre una capa de roca más blanda llamada astenosfera (del griego «sin fuerza»), pero esos términos nunca son plenamente satisfactorios. Decir que la litosfera flota encima de la astenosfera indica un grado de fácil flotabilidad que no es del todo correcto. También es engañoso pensar que las rocas fluyen de alguna forma parecida a como pensamos que fluyen los materiales en la superficie. Las rocas son viscosas, pero sólo a la manera que lo es el cristal.
Puede que no lo parezca, pero todo el cristal de la Tierra fluye hacia abajo, bajo la fuerte atracción de la gravedad. Si retiramos un paño de cristal muy antiguo del ventanal de una catedral europea, veremos que es visiblemente más grueso en la parte inferior que en la superior. Ese es el tipo de «fluidez» de que hablamos. La manecilla de las horas de un reloj se mueve unas diez mil veces más deprisa que las rocas «fluyentes» del manto terrestre. Los movimientos no sólo se producen lateralmente, como cuando las placas de la Tierra se mueven por la superficie, sino también hacia arriba y hacia abajo, cuando las rocas se elevan y caen en el proceso de batido llamado convección. El primero que dedujo la existencia del proceso de convección fue el excéntrico conde Von Rumford, a finales del siglo XVIII. Sesenta años más tarde, un vicario inglés, llamado Osmond Fisher, afirmó clarividentemente que el interior de la Tierra podría ser lo bastante fluido para que sus contenidos se moviesen de un lado a otro, pero semejante idea tardó muchísimo tiempo en recibir apoyo. Los geofísicos comprendieron cuánta agitación había en el interior de la Tierra hacia 1970 y la noticia causó una considerable conmoción. Según cuenta Shawna Vogel, en el libro “Naked Earth: The New Geophysics”[Tierra al desnudo: la nueva geofísica]: «Fue como si los científicos se hubiesen pasado décadas considerando las capas de la atmósfera de la Tierra (troposfera, estratosfera y demás), y luego, de pronto, hubiesen descubierto el viento». Recientemente se ha publicado que se ha registrado un terremoto en el Parque Nacional de Yellowstone, en Estados Unidos. En la década de los sesenta, mientras estudiaba la historia volcánica de dicho parque, Bob Christiansen, del Servicio Geológico de Estados Unidos, quedó intrigado por algo por lo que sorprendentemente no se había interesado nadie antes: no podía encontrar el volcán del parque. Hacía mucho tiempo que se sabía que Yellowstone era de naturaleza volcánica, ya que eso era lo que explicaba todos sus géiseres y demás fuentes de vapor, y lo único que tienen los volcanes es que, en general, son bastante notorios. Pero Christiansen no podía encontrar por ninguna parte el volcán de Yellowstone. Lo que no conseguía encontrar concretamente era una estructura denominada caldera. Casi todo el mundo imagina, cuando piensa en los volcanes, la forma cónica clásica de un Fuji o un Kilimanjaro, que es algo que se forma cuando el magma de la erupción se acumula en un montículo simétrico. Estos montículos pueden formarse con notable rapidez. En 1943, en Paricutín (México), un campesino se asustó al ver que salía humo de una zona de sus tierras. Al cabo de una semana, era el asombrado propietario de un cono de 152 metros de altura. Dos años después, el cono tenía ya casi 430 metros de altura y medía más de 800 metros de anchura.
Hay en total unos 10.000 volcanes de ese tipo claramente visibles en la Tierra. Y salvo unos centenares, están casi todos extintos. Pero existe otro tipo de volcanes menos famosos que no necesitan formar una montaña. Se trata de volcanes tan explosivos que se abren de forma violenta en un solo y potente estallido, dejando atrás un enorme pozo la caldera. Yellowstone debía de ser; sin duda, un volcán de este segundo tipo. Pero Christiansen no encontraba la caldera por ninguna parte. Sin embargo, la NASA probó algunas nuevas cámaras de gran altitud haciendo fotos de Yellowstone. Christiensen se dio cuenta, al ver las fotos, de por qué no había conseguido localizar la caldera. !Prácticamente todo el parque (9.000 kilómetros cuadrados) era la caldera!. La explosión había dejado un cráter de casi 6 kilómetros de anchura, demasiado enorme para poder apreciarlo desde ningún punto situado a nivel del suelo. En algún momento del pasado, Yellowstone debió de estallar con una violencia superior a la escala de cualquier cosa conocida por los seres humanos. Resulta, pues, que Yellowstone es un peligrosísimo supervolcán. Se asienta encima de un enorme punto caliente, un depósito de roca fundida que se inicia a un mínimo de 200 kilómetros bajo tierra y se eleva casi hasta la superficie, formando lo que se llama una superpluma. El calor del punto caliente es lo que alimenta todas las chimeneas, termas, géiseres y ollas de lodo burbujeante. Debajo de la superficie hay una cámara de magma que tiene unos 72 kilómetros de ancho, aproximadamente las mismas dimensiones del parque, y unos 13 kilómetros de espesor en su parte más gruesa. Es como andar sobre una enorme montaña de explosivos. La presión que ejerce un depósito de magma de esas dimensiones, sobre la corteza que está encima, ha elevado Yellowstone y el territorio del entorno aproximadamente medio kilómetro más de lo que estaría sin ella. Según el profesor Bill McGuire, del Colegio Universitario de Londres, «no podrías acercarte a un radio de 1.000 kilómetros de él» en plena erupción. Las consecuencias que seguirían serían peor aun. El tipo de superplumas sobre las que se asienta Yellowstone se parece bastante a algunos vasos: son estrechas por abajo pero van ensanchándose a medida que se acercan a la superficie para crear grandes cuencos de magma inestable. Algunos de estos cuencos pueden tener una anchura de hasta 1.900 kilómetros. De acuerdo con las teorías actuales, no siempre entran en erupción de una forma explosiva, pero a veces estallan en una emanación enorme y continua, una avalancha de roca fundida como sucedió en las traps del Decán, en la India, hace 65 millones de años. En este caso cubrieron un área de más de 500.000 kilómetros cuadrados y probablemente contribuyesen a la extinción de los dinosaurios, tal vez con sus emanaciones de gases nocivos.
Las superplumas pueden ser también responsables de las fisuras que hacen que se separen los continentes. Esas plumas no son tan raras. Hay unas treinta activas en la Tierra en este momento y son responsables de muchas de las islas y cadenas de islas más conocidas (los archipiélagos de las Azores, las Canarias v los Galápagos, la pequeña Pitcairn en mitad del Pacífico Sur y muchas otras). Pero, aparte de Yellowstone, son todas oceánicas. Nadie tiene la menor idea de cómo o por qué acabó Yellowstone bajo una placa continental. Sólo hay dos cosas seguras: que la corteza en Yellowstone es fina y el mundo que hay debajo es caliente. Pero, si la corteza es fina, debido al punto caliente o si el punto caliente está allí porque la corteza es fina, es motivo de debate. La naturaleza continental de la corteza hace que sus erupciones sean enormemente distintas. Mientras los otros supervolcanes tienden a emitir lava de modo constante y de una forma relativamente benigna, Yellowstone lo hace de forma explosiva. No sucede a menudo, pero cuando sucede es mejor encontrarse a bastante distancia. Desde su primera erupción conocida, de hace 16,5 millones de años, ha entrado en acción unas cien veces, pero es sobre las tres erupciones más recientes sobre las que se ha escrito. La última fue un millar de veces mayor que la del monte St. Helens, la penúltima fue 280 veces mayor y, la antepenúltima, fue tan grande que nadie sabe exactamente cuán grande fue. Fue por lo menos 2.500 veces mayor que la de St. Helens, pero quizás 8.000 veces más monstruosa. No tenemos absolutamente nada con lo que podamos compararla. La mayor explosión de tiempos recientes fue la de Krakatoa, Indonesia, en agosto de 1889, y fue de tal magnitud que reverberó por todo el planeta durante nueve días e hizo agitarse las aguas en zonas alejadas como el canal de la Mancha. Pero, si imaginamos que el volumen de material eyectado en Krakatoa es del tamaño de una pelota de golf, el de la mayor erupción de Yellowstone sería del tamaño aproximado de una esfera detrás de la cual podría esconderse una persona. A esa escala, la erupción del monte St. Helens no sería más grande que un guisante. La erupción de Yellowstone de hace dos millones de años emitió ceniza suficiente como para enterrar el estado de Nueva York, hasta una profundidad de 20 metros, o el de California hasta seis metros. Fue esa ceniza la que creó los yacimientos fósiles que halló Mike Voorhies en el este de Nebraska. Esa explosión se produjo en lo que hoy es Idaho, pero la corteza de la Tierra se ha desplazado por encima de ella a lo largo de millones de años a un ritmo de unos 2,5 centímetros al año, de manera que hoy está directamente debajo del noroeste de Wyoming. El punto caliente propiamente dicho se mantiene en el mismo sitio, como un soplete de acetileno dirigido hacia un techo. Deja en su estela el tipo de fértiles llanuras volcánicas que son ideales para cultivar patatas, como hace mucho que descubrieron los campesinos de Idaho. La lluvia de cenizas de la última erupción de Yellowstone cubrió por completo o en parte 19 estados del oeste (más zonas de Canadá y de México), casi la totalidad de la parte de Estados Unidos situada al oeste del Misisipí. Hay que tener en cuenta que esa zona es el granero del país, una región que produce aproximadamente la mitad de los cereales del mundo. Y conviene recordar que la ceniza no es como una gran nevada que se derretirá con la llegada de la primavera. Si quisieses volver a cultivar, tendrías que encontrar algún sitio donde poner toda la ceniza.
Después de los atentados del 11 de septiembre, hicieron falta miles de trabajadores durante ocho meses para retirar 1.800.000.000 de toneladas de desechos de las 6,5 hectáreas del emplazamiento del World Trade Center de Nueva York. Imaginad lo que llevaría limpiar todo el estado de Kansas. Y eso sin considerar siquiera las consecuencias climáticas. La última erupción de un supervolcán en la Tierra se produjo en Toba, en el norte de Sumatra, hace 74.000 años. Nadie sabe exactamente lo grande que fue, pero desde luego fue tremenda. Los testigos de hielo de Groenlandia muestran que a la explosión de Toba siguieron como mínimo seis años de «invierno volcánico». El acontecimiento se cree que pudo llevar a los seres humanos hasta el borde de la extinción, reduciendo la población global a sólo unos cuantos millares de individuos. Eso significaría que todos los seres humanos modernos surgieron de una base de población muy pequeña, lo que explicaría nuestra carencia de diversidad genética. En todo caso, hay ciertas pruebas que sugieren que, durante los 20.000 años siguientes, el número total de habitantes de la Tierra no llegó a ser nunca superior a unos cuantos miles. No hace falta decir que es mucho tiempo para dedicarlo a recuperarse de una sola erupción volcánica. Todo esto fueron hipótesis hasta 1973, en que un extraño suceso lo hizo súbitamente trascendental: el agua del lago de Yellowstone, en el centro del parque, empezó a cubrir las orillas en el extremo sur; inundando un prado, mientras que, en el extremo opuesto del lago el agua retrocedió de forma misteriosa. Los geólogos efectuaron una rápida investigación y descubrieron que una gran zona del parque había experimentado un abultamiento amenazador Ese abultamiento estaba elevando un extremo y haciendo retirarse el agua del otro. Luego, en 1984, toda la región central del parque se hundió 20 centímetros. Ahora parece que está elevándose de nuevo. Los geólogos comprendieron que la única causa posible de esto era una cámara de magma inestable. Yellowstone no era el emplazamiento de un antiguo supervolcán: era el emplazamiento de uno activo. Fue también, más o menos por entonces, cuando consiguieron descubrir que en el ciclo de erupciones de Yellowstone se producía de promedio una gran explosión cada 600.000 años. La última fue hace 630.000. Parece, pues, que podríamos estar cerca de una nueva explosión. Según Paul Doss, geólogo del Parque Nacional de Yellowstone: “Puede que no lo parezca, pero estamos sobre el volcán activo mayor del mundo”. Yellowstone, no hace falta decirlo, es de una belleza sensacional, con montañas gordas y majestuosas, prados salpicados de bisontes, riachuelos retozones, un lago azul cielo, fauna y flora naturales en cantidades desmedidas. Arriba, en Beartooth Gap, hay rocas de casi 3.000 millones de años (unas tres cuartas partes del tiempo transcurrido desde el supuesto principio de la Tierra) y luego se tienen aguas termales. Puede verse un espacio vacío situado a lo lejos, en una cadena de montañas, llamadas Gallatius, hacía el oeste, que se hace visible sobre una elevación. Este hueco tiene 100 kilómetros de anchura.
Durante mucho tiempo nadie pudo entender por qué estaba ahí ese hueco, hasta que Bob Christiansen se dio cuenta de que tenía que ser porque las montañas simplemente habían estallado. Cuando te encuentras con 100 kilómetros de montañas que han desaparecido del mapa, sabes que estás tratando con algo muy potente. A Christiansen le llevó seis años dar con la clave. ¿Qué era lo que hacía que Yellowstone estallase? Nadie lo sabe. Los volcanes son cosas extrañas. No los entendemos en realidad. El Vesubio de Italia estuvo activo trescientos años hasta que tuvo una erupción en 1944 y luego sencillamente se paró. Ha estado silencioso desde entonces. Algunos vulcanólogos piensan que Yellowstone se está recargando a lo grande, lo que es un poco preocupante porque alrededor de él viven dos millones de personas. Pero nadie sabe. Y si Yellowstone fuese a estallar ¿qué avisos se tendrían? Como no había nadie por aquí la última vez que estalló, nadie sabe cuáles son las señales de aviso. Lo más probable sería que hubiese enjambres de terremotos y algún levantamiento superficial y, posiblemente, algunos cambios en las pautas de conducta de los géiseres y de las chimeneas de vapor, pero la verdad es que nadie lo sabe. El problema es que casi todas las cosas que constituían señales y avisos ya estaban presentes en cierta medida en Yellowstone. Los terremotos son generalmente un precursor de las erupciones volcánicas, pero en el parque hay ya montones de terremotos. La mayoría de ellos son demasiado pequeños y no se aprecian, pero son terremotos de todos modos. También podría considerarse un cambio en la pauta en las erupciones de los géiseres, aunque también éstas varían impredeciblemente. El géiser más famoso del parque era en tiempos el Excelsior Solía entrar en erupción regular y espectacularmente llegando a alturas de 100 metros, pero en 1888 se paró sin más ni más. Luego, en 1985, volvió a entrar en erupción, aunque sólo llegó a una altura de 25 metros. El géiser Steamboat es el más grande del mundo cuando estalla lanzando agua a 120 metros en el aire, pero los intervalos entre sus erupciones han oscilado entre sólo cuatro días y casi cincuenta años. Según Doss, aunque estallase hoy y luego volviese a hacerlo la semana que viene, eso no nos diría absolutamente nada sobre lo que podría hacer la semana siguiente, la otra o dentro de veinte años. El parque entero es tan imprevisible que es imposible en realidad extraer conclusiones de casi nada de lo que pasa. Evacuar Yellowstone no sería fácil. El parque recibe unos tres millones de visitantes al año, la mayoría de ellos en los tres meses de temporada alta del verano. En el recinto hay relativamente pocas carreteras y no se quieren ensanchar, en parte para aminorar el tráfico, en parte para preservar un ambiente pintoresco, y en parte, debido a limitaciones topográficas. En el periodo álgido del verano puede ser fácil que lleve medio día cruzar el parque y varias horas llegar a cualquier lugar situado dentro de él.
Ante una previsible situación catastrófica en la Tierra, ¿hay planes para transportar seres humanos fuera de nuestro planeta? ¿A dónde y con qué fin? Según nos explica Salvador Freixedo, ufólogo e investigador español de temas paranormales, existirían planes para ir preparando una colonia terrestre en algún otro planeta, en parte como un comienzo de nuestra apertura y salida hacia el Cosmos y en parte para tener un lugar donde pudiese refugiarse un grupo de escogidos, en caso de que, por causa de cualquier cataclismo natural o provocado, la Tierra se hiciese inhabitable. Este plan es el llamado «Alternativa 3», y está basado en un hecho histórico. En 1957, un grupo de científicos de primera categoría se reunieron en Huntsville (Alabama, USA) y llegaron a la conclusión de que nuestro planeta está abocado inexorablemente a un proceso de deterioro irreversible debido a una industrialización irracional y suicida a que lo hemos sometido en los últimos años y debido a la imparable carrera atómica en que nos han metido la estupidez de los dirigentes políticos y militares. En 1963 hubo en Iron Mountain (USA) otra reunión de científicos y una de sus conclusiones para lograr que la humanidad se comportase mejor fue la de meterle miedo con posibles invasiones extraterrestres. Esto nos hace pensar que cabe muy bien la posibilidad de que, según esta conclusión de Iron Mountain, se les estén achacando a seres extraterrestres muchas de las acciones que en la actualidad están siendo cometidas por terrestres muy poderosos, con un desmedido deseo de hacerse dueños del planeta entero. En la reunión de Hunsville, los sabios allí reunidos discutieron varias alternativas. En primer lugar pensaron en bombardear la atmósfera para abrir huecos o «chimeneas» en el dióxido de carbono que allí se ha estado acumulando y que al producir el «efecto invernadero» hacen que el planeta se esté recalentando rápidamente. Desechada esta alternativa, se discutió la segunda, que consistía en construir grandes ciudades subterráneas y usar las inmensas galerías que ya en la actualidad existen, construidas por antiquísimas civilizaciones que se vieron en las mismas circunstancias que en la actualidad nos amenazan a nosotros. Esta segunda alternativa también fue desechada. Apareció entonces la tercera alternativa, propuesta por uno de aquellos científicos que sabía lo que los otros desconocían, por haber sido hasta entonces y seguir siendo en la actualidad un secreto conocido por muy pocas personas: La relación mantenida por los gobiernos de USA y de la URSS con seres extraterrestres que, a cambio de cierta permisividad para sus actividades en nuestro planeta entregarían una tecnología avanzadísima. Mediante ella se haría posible el traslado rápido y masivo de seres humanos a otros lugares fuera de nuestro planeta. La Alternativa tercera (A-3) fue aceptada, y consistía, en concreto, en crear en Marte una colonia de seres humanos selectos, aunque ello conllevase algunas consecuencias muy desagradables. Lo que la mayoría de aquellos hombres de ciencia no sabían es que su «Alternativa 3» sería enseguida llevada a la práctica, con terribles modificaciones, ya a finales de la década de los años cincuenta por un grupo secretísimo de rusos y norteamericanos con la ayuda de los extraterrestres.
Estructuraron todo un proyecto, que más tarde se convirtió en un vasto plan, en el que, más o menos conscientemente, trabajaban miles de personas en todo el mundo, aunque sin conocer a fondo ninguna de ellas todo el alcance del mismo. Las ideas fundamentales de A-3 eran las siguientes: Básicamente se trataba de salvar o de preservar a la raza humana. Por tanto, todas las injusticias que para ello hubiera que cometer estarían justificadas por tan importantísimo fin. El proyecto estaría dirigido por 16 personas, ocho norteamericanos y ocho rusos, que se reunirían periódicamente bajo los hielos del polo ártico. Se contaría para ello con tecnología cedida por extraterrestres. Las personas trasladadas a Marte, y aquí radica la parte tétrica del proyecto, serían de dos categorías: 1) los «trasladados elegidos», que serían los encargados de dirigir todos los aspectos de la construcción de la nueva colonia, y 2) las «remesas», mucho más abundantes, que estarían formadas por gente normal. Los «trasladados elegidos» serían voluntarios, aunque no se les dijese toda la verdad del proyecto, y serían reclutados entre personas cualificadas por sus conocimientos, mientras que las personas de las «remesas» harían el papel de obreros y serían secuestrados a la fuerza, siendo sometidos a fuertes tratamientos psico-fisiológicos que además de incapacitarlos para la procreación, los convertiría en seres obedientes y sin capacidad de rebelión. Una especie de «zombis». El viaje hasta Marte se realizaría en ovnis, haciendo una primera parada en la Luna, en donde se supone ya existen varias bases. Allí serían trasladados a otras naves para dar el gran salto hasta Marte. En el planeta escogido para la nueva colonia de los humanos, contrario a lo que la NASA ha dicho, hay una atmósfera de aire respirable por el hombre. Todo el proyecto estuvo detenido durante un tiempo debido a una enorme catástrofe, fruto de un sabotaje, que tuvo lugar en la principal base de la Luna. En ella habrían perecido cientos de humanos. Hasta aquí los rasgos fundamentales de A-3. Salvador Freixedo aporta citas de dos personajes muy envueltos en toda esta problemática. La primera es del astronauta Edgar Mitchell, que pilotó el Apolo XIV y que más tarde dimitió para fundar en California un Instituto para las Ciencias Mentales. Nos describe así sus pensamientos cuando desde la Luna contemplaba nuestro planeta: “Me inundó un sentimiento patético; una especie de angustia. Aquel planeta tan increíblemente hermoso que era la Tierra… mi hogar… que no era más grande que mi pulgar… una joya azul y blanca contra un cielo de terciopelo negro… ¡estaba siendo exterminada!”. Dos años más tarde de su dimisión, en 1972, le hizo esta confidencia al periódico Daily Express: «Nuestra sociedad sólo dispone de tres caminos y el tercero es la alternativa más viable, aunque difícil». Otra persona bien enterada es el doctor Gerard O’Neill, profesor de estudios Aeroespaciales en la Universidad de Princeton y del MIT de Boston. Pues bien, en una entrevista de la que nos hablan L. Watkins y D. Ambrose en su libro «Alternativa 3», después de hablar de los enormes problemas que en la actualidad existen en la atmósfera terrestre debido al «efecto invernadero», añadió que la solución será lo que él llamó «Isla 3», que sin los rasgos macabros de A-3 y sin necesidad de un traslado a Marte, tiene muchos puntos de contacto con «Alternativa 3».
Fuentes:
Anton Uriarte Cantolla – Historia del Clima de la Tierra
PICC – Quinto informe mundial sobre el calentamiento global
Geryl, Patrick – La Profecía de Orión
Brian Fagan – La Pequeña Edad de Hielo
Maurice Cotterell – Las profecías mayas
Charles H. Hapgood – El sendero del Polo
Tim Swartz – Los Diarios Perdidos de Nikola Tesla
L. Watkins y D. Ambrose – Alternativa 3

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